9.16.2014



Me había convencido a mi misma que era algo pasajero, al fin y al cabo, nadie podía actuar así ¿no? No consigo comprender como puede dormir con tanta calma. Cada día me cuesta más dormir, estoy segura que es porque lo tengo a mi lado. Los días que sale a dar una vuelta o le toca turno de noche duermo muy bien, y no es por el espacio, que también, es por su compañía. ¿Es normal que no quiera dormir con mi novio? Su presencia contamina mi aire, me siento incomoda y no consigo dormirme, con los ojos como platos siento escalofríos cada vez que me abraza o siento que se encuentra cerca, la tensión estalla en mi estomago y siento profundas nauseas que tengo que controlar. Al cabo de un rato, cuando por fin se ha dormido, me levanto y cuidadosamente voy al baño. Después de orinar me bebo un gran vaso de leche mientras lo observo dormir, me siento tétrica pero tranquila, estoy fuera de la cama y él no puede tocarme. Yo lo toco con los ojos y el sexo sigue siendo maravilloso, pero nada y todo ha cambiado y eso es lo que más me preocupa de todo. He asumido que tiene que ser mi culpa pero no consigo comprender porque, me siento muy tranquila siendo como soy, no respiro maldad en mi aunque se que la hay. ¿Es normal querer estallar el gran vaso en su cráneo? La ligera brisa que se cuela por la ventana hace que vuelva a la habitación, soy consciente de que ha comenzado a refrescar y que tengo frío, sería lógico volver a la cama, pero no quiero, quiero calor, pero no de él. Me gustaría despertarlo tocándole el pene y que me follase como nunca, sentir su calor como siempre y quedarme dormida sola, sin pensar que no quiero estar a su lado. Es algo totalmente físico, muy animal. Lo miro cuidadosamente y por un segundo pienso que esta despierto y que me esta mirando, solamente se ha girado, ahora dormirá del otro lado, dándome la espalda, igual es un buen momento para volver a la cama. La sábana resbala y me permite ver su huesuda espalda, sería maravilloso tener una gran aguja, de esas que se usan para la espina dorsal. Dejo el vaso en la mesita de noche sin dejar de mirarlo, la luna ha creado grande y misteriosas sombras a lo largo de toda la habitación, lo que activan mi imaginación. No se si esto es bueno. Me siento de rodillas encima de la cama y disecciono su gran espalda mientras imagino lo que sería atravesarla con el gran cuchillo jamonero que nos regalo su madre en navidades. Jamón para veganos, menuda idea. Deslizo suavemente mi dedo indice por su costado, hacía arriba y hacía abajo. Siempre ha tenido una gran capacidad para dormir y para dormir profundamente, seguramente no se enteraría muy rápidamente si lo quemase vivo. No quiero destrozar la habitación, me gusta. Me sigue gustando, y mucho, y es por eso que no consigo entender esta absurda y delirante situación. Puesto que odio los asesinatos pasionales tendré que llamar a este ‘frío y sangriento sueño de una sonámbula despierta’.







9.14.2014


A medias.


Me gustaba ir con mucho tiempo, era importante no llegar tarde. Llegar puntual suponía tener que esperar. Localice la cafetería nada más llegar y tras comprobar por tercera vez la hora de salida del tren pedí un café solo con hielos y me senté a esperar. Me habían dejado ‘La fundación’, libro al que estaba perdidamente enganchada, así que me senté a devorarlo. Si un libro me gustaba tenía el impulso de terminarlo cuanto antes, quería saber todo antes de perder el interés. A veces me preguntaba porque perdía el interés sobre algo que me gustaba mucho, mi abuela decía que era porque había comprendido la vacuidad del compromiso y porque tenía una personalidad etérea. Mi abuela no dejaba de sorprenderme nunca. Ya no tienes el mismo interés por los hombres ¿verdad?, me pregunto una vez. He visto que disfrutas de la maldad más que antes, como un niño que no conoce lo ajeno y peca por falta de experiencia, me dijo otra vez. Mi abuela es magnifica.

Se estaba bien en la cafetería, me gustaban las cafeterías de las estaciones, siempre ágiles, sin clientes fijos, llenas de desconocidos, llenas de ruido y de momentos para observar. Si el libro no me atraía lo suficiente me gustaba fingir que leía para poder observar a los viajeros. Tomaban café y miraban el reloj compulsivamente o miraban a todos los lados buscando a sus familiares o amigos. Nadie se fijaba en nadie y era precisamente esa sensación de vacío y distanciamiento lo que más me gustaba. Este libro es brutal pensé y un grito sordo inundó la cafetería. El camarero se había quemado con el agua caliente de la cafetera. Pensé que sería una buena manera de torturar a alguien, con agua bien caliente. Me di cuenta que con hielo extremadamente frío se podía hacer mucho daño, pues quemaba. Sería todavía mejor puesto que se trata de una sensación totalmente desconocida y el dolor sería todavía mayor. Este tipo de cosas son a las que se refiere mi abuela.

Acababa de terminar el café cuando me di cuenta que faltaban quince minutos para que saliese mi tren. Había decidido terminar con Manu la semana pasada y necesitaba un par de días para desconectar, esta primera semana había sido muy rara. Mi madre no paraba de insistir en que me fuese un par de días con Lucia, que saliese de fiesta con ella y me olvidase de todo. Que me vendría muy bien desconectar. Yo no sentía la necesidad de desconectar, no me sentía conectada a nada, pero tampoco iba a negarme a unas vacaciones pagadas. Pagué y tras coger mi equipaje volví a mirar el anden del tren y salí a ver si estaba listo.

Hacía frío y hacía poco que acababa de dejar de llover, todo estaba húmedo, el cielo lucía gris y el mundo parecía haberse encogido por momentos. Volví a mirar el reloj y comprobé que, efectivamente, tenía cuatro llamadas perdidas de Manu, había decidido llamarme sin descanso, pensando, creo yo, que sus llamadas lo arreglarían todo. A diferencia que en la cafetería, el anden lucía totalmente solitario, cubierto por una fina capa de agua que reflejaba perfectamente la difusa luz del sol. Faltaban dos minutos para que llegase el tren cuando una señora de unos treinta y mucho años apareció con prisas en el anden, miro la hora y saco un móvil de su gran bolso. Era una señora muy atractiva, que vestía de manera juvenil y un tanto masculina, pero sin parecer un hombre ni perder feminidad. Parecía preocupada, ansiosa por la espera.

El tren llego tan puntual que parecía sincronizado con mi reloj, lo cual hizo que se me erizasen los pelos de la nuca. Abrí mi bolsa y guarde el móvil, saque mi libro y los billetes. La señora parecía mucho más tranquila, había guardado el móvil y sonreía al tren. Me quede mirándola durante unos segundos cuando las puertas del tren empezaron a abrirse y de una de ellas apareció mi abuela. Lucía tan guapa como siempre, tan arreglada y elegante, nadie acertaba nunca con su edad. Vacile un instante sin darme cuenta que no me daba tiempo a saludarla cuando, sin darme cuenta, la señora se había acercado y abrazaba alegremente a mi abuela. No tenía ni idea de porque ni de donde viajaba mi abuela, hacía un par de días que no hablaba con ella, desde que le había gritado por sus comentarios sobre mi ruptura. Mi abuela correspondía a la señora con una magnifica sonrisa cuando ambas se separaron un poco y tras mirarse con complicidad se besaron pasionalmente. Mi bolso cayo de mis manos a la misma velocidad que perdía mi tren. No entendía nada, no sabía si lo que estaba viendo era real o era el efecto del exceso de café.

Mi abuela se separó de la señora, mi vista había empezado a emborronar la imagen cuando pude distinguir que mi abuela me había reconocido y se acercaba felizmente hacía mi. Sentía los clavos que atravesaban mis pies y me clavaban al suelo, mi bolso desperdigado por el anden y los vértigos que me provocaban un mareo terrible. Mi abuela era una señora muy alta para su edad, con una preciosa dentadura y unos ojos azules increíbles. Se acerco a mi y con una gran sonrisa me abrazo.

Ahora entiendes porque me alegraba de todo ¿verdad? porque no se debe amar a medias… verdad que lo entiendes, ¿eh cariño?



9.13.2014






Incluso después de toda la mierda, de todas las tonterías y estupideces que habíamos cometido y que nos habíamos echado en cara, incluso después de todo eso, sabía que no sentía nada. Uno conoce el dolor porque conoce la alegría, y viceversa. Ella conocía el dolor y conocía lo que era sentirse sola, amada y querida e incluso despreciada. Su vida había recorrido un camino muy diverso, que llegado a un punto, había explotado completamente. El vacío de la habitación la agobiaba de tal manera que sentía como las paredes se movían, como ondulaciones nerviosas o el ataque de un terremoto gigante. Se acurrucaba en la más oscura esquina de su habitación, creyendo firmemente que la oscuridad le protegería de toda la luz que le permitía descubrir la dolorosa situación. El día que descubrió que no sentía nada por él lo miro tranquilamente y con una gran sonrisa lo dejo. Ese había sido el día, que sin darse cuenta, se había dado cuenta de todo. Cerraba los ojos y la presión cesaba, pero volvía muchísimo más fuerte cada vez que los abría. Se tapaba la cara con las manos y lloraba hasta quedarse dormida y era su abuela quien la encontraba acurrucada y la única con la que conseguía entenderse, quien le había escuchado sus historias y todos sus miedos. No entendía porque soñaba con atrocidades, con la sangrienta muerte de él a manos de su abuela o incluso con sus propias manos. Todo era muy frío y distante, lleno de presión que solo conseguía aliviar dejando correr la caliente sangre que brotaba de sus estómagos y que fluía dandole confort. Era como una novela de Murakami, en donde el placer por la tensión antes de que el punzón atraviese el delicado cuerpo del bebe es tal que te vuelve loco. Como una gran marea de sentimientos fríos que no se comprender y que se mezclan con un sudor frío y sabor metálico en la boca y que solamente se resuelven con violencia. Todo eran impulsos, como el hambre o el sueño o la necesidad de ir al baño o la violencia. Sabía que a esa altura de su vida solo contemplaba impulsos, había dejado de sentir.

Me acurruco llena de frío, con la mirada perdida en estas paredes que vibran, tengo las manos frías y noto un poderoso sabor a metal al final de la garganta. Se perfectamente que él no tiene la culpa, pero aun y todo yo le culpo a él, le tengo que culpar a él. Tengo que culparle pues quiero matarlo y sin una excusa no voy a ser capaz. Tengo frío y se que su cuerpo me da calor, debo acercarme a él y convencerlo. No tendré problema en engañarlo con sexo para después apuñalarlo con frialdad. El mundo es frío y yo tengo cada vez más frío. ¿Sentiré algo cuando su sangre brote y me manche la cara? ¿Disfrutaré viendo como sus ojos se expanden con la incomprensión? Espero que el frío me abandone de la misma manera que yo le abandoné a él.