5.25.2012



No hay Nesquik sin Cola-Cao.








Sabíamos que las verdades eran duran. Y nos costaba aceptarlas cada día más. Pedí mi café, el cortado de café fuerte y tres gotas de leche fría que acostumbraba a tomar contigo. Contigo, en aquella pequeña plaza situada detrás de nuestra cafetería. Aquella en donde nos conocimos aquel 28 de abril, mientras yo buscaba aquel libro horrible que siempre odiare pero que tanto me ayudo a aprobar la última asignatura de la monstruosa cuesta que estaba resultado mi carrera y tu buscabas la ultima novela de aquel novelista ruso que tanto amabas. Nos gustaba ese lugar, era una pequeña plaza con suelo y paredes de piedra antigua, fría y que permitía mantener fresca la plaza. De las ventanas colgaban los pocos geranios que sobrevivían a los pocos rayos de sol que conseguían penetrar en la plaza. Y siempre podíamos disfrutar de la compañía de los perezosos gatos que salían en busca de algo de comida que picar. Tu tomabas tu monótono Nesquik con leche fría. Siempre decías que odiabas los grumos, mientras que yo intentaba heroicamente convencerte del increíble y gracioso sabor del Cola-Cao. Siempre pensé que esa brecha significaría algo al final. Me gustaba verte sentada, buscando siempre algo gracioso que mirar, con esa mirada medio perdida en tus mundos que te hacia sonreír sola, mientras yo le pedía a Carlos nuestra droga de la tarde. Llevabas esa falda que te gustaba ponerte en primavera, esa que se te recogía al sentar y volvía loca a mi imaginación. Había empezado a hacer calor y la plaza expulsaba aquel característico olor a recién primavera, esa recién caldeada humedad que se mezclaba con el brotar de los geranios. Estabas guapísima. "Son dos euros", me dijo Carlos. Tenía la cara cansada, cansada de tantas horas seguidas, forzadas arrugas y unas manos como panes. Manos que gritaban trabajo duro. Siempre me había caído bien Carlos, tenia esa mirada perdida de humildad que definía a los buenos hombres. Y siempre nos trataba muy bien. Se memorizo mi café el primer día y no dejo de servirmelo igual de bueno ningún día, ni en aquellos en los cuales tu ya habías dejado de venir. Cogí mi café y tu horrible producto de polvos y cuidadosamente abrí la puerta de la terraza. No esperaba que me ayudases con la puerta, sabía que no estabas ahí, y vete tu a saber en que teja caminabas ahora mismo. Yo no me di cuenta, no me di cuenta porque era malo en esas cosas. Pero tu rostro no era el mismo de siempre y ese día habías dejado de navegar.  Me senté y empece con mi verborrea habitual. Porque si, yo era el típico al que tienes que callar, porque no callaba ni debajo del agua. Le eche azúcar a mi café y comencé a revolverlo mientras te contaba que había descubierto un libro viejisimo en casa, que debía ser de mi abuelo y que estaba lleno de alocadas anotaciones por todas partes. Yo no te miraba, puesto que me solía hipnotizar el girar de la espuma del café. Te decía que llevaba fascinándome toda la semana y que no paraba de leer cada una de las anotaciones, imaginándome todas y cada una de las situaciones por las cuales habría pasado mi abuelo para llegar a escribir todo eso. Hacia rato que te habías bebido tu Nesquik y hasta habías recogido tu bolso. Pero no, yo no me daba cuenta. "Juan", me dijiste. "Como mínimo tuvo que recorrer medio mundo con este libro!", mi hipnotismo constante, "Juan!". Te mire, y fue entonces cuando lo vi todo. Habías perdido aquel brillo en los ojos que me volvía loco e incluso te temblaban las manos. No había serenidad en ti y hacia días que habías vuelto a morderte las uñas. Lo vi, lo vi todo. Y sí, tu te diste cuenta. Y me mirabas, sin poder decir nada, sin poder decirme la verdad, sin poder afrontar las cosas. Y yo lo sabia, sabia lo que venia ahora. Porque si, eras un libro abierto. Cerré el libro de mi abuelo y me bebí mi café, se había quedado frió de tanto darle vueltas. Puede que al igual que toda la plaza. Te mire y moví la cabeza, negando, mientras tu intentabas articular palabra. Me levante y me senté a tu lado, estaba empezando a temblar. No creía que esto estuviese pasando, Carlos había aderezado mi café o no le veía sentido a lo que estaba pasando. Empezaste a llorar y fue en ese momento cuando supe que no serias capaz de decirme nada, aun sabiendo que sabias que yo sabia la verdad. Es cierto que siempre se nos habia dado bien comunicarnos sin decir nada. "Juan...." balbuceaste sollozando. "Ssssh..., no digas nada.". No entendía nada, y a día de hoy sigo sin entenderlo. Pero no quería saber nada, no quería entender nada. Sabia todo lo que ella me quería decir y no hacia falta mas. Te mire, como se mira por ultima vez, mirando París. Sonreí y terminé.. "Nunca se te ha dado bien esto. No sabes mentir. Se que odias el Nesquik y que lo tomabas por picarme. Llámame cuando encuentres la verdad."


















1 comentario:

  1. Aires parisinos y sentimientos encontrados. Miradas perdidas. Plazas, cafés y lágrimas. Como dos peregrinos. Me gusta.

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