6.05.2012



Imaginemos.





 



Bien, digamos que estoy sentado. La mesa es larga, amplia, con mucha luz. Las sillas son cómodas y todo esta dispuesto para que circulen los cerebros. Digamos que hay tranquilidad en la sala, las mentes bailan e igualmente lo hace la imaginación. Bien, imaginemos entonces. Lo dicho. Imagínate, estoy sentado y tu de espaldas, en la mesa contigua, disfrutando del amplio espacio que te brinda la bien iluminada mesa, con tus dibujos, libretos y demás aparejos desparramados por la mesa. Imaginemos la situación. Hemos cruzado ojos en el camino al baño, las miradas son furtivas e igualmente la imaginación. Las tentaciones abrasan del mismo modo que la temperatura. Es verano, y te empieza a sobrar la ropa, y lo notas. Yo lo noto. Es palpable, hace calor. Imaginemos que todavía no se nos han empezado a escapar las sonrisas, pero que gritan por salir. Imaginemos que vamos  a parir sonrisas. Me siento y te miro, pero antes de sentarme, furtiva mirada de arriba a abajo, de abajo a arriba. Así es, disfruto del placer de la mirada. Lo dicho, la imaginación es magma. Me siento. Y tu, que imaginas que ya me he sentado, te giras. Claro esta, estoy sentado, lo sabes. Imaginemos que miras, furtivas miradas que colapsan tu imaginación. No hay ruido, pura visión fogosa. Nada más, es claro, lo sabes. Si, imagino que lo sabes. O creo saberlo. La mentira del calor. Y de repente, sin jugar con la imaginación, empezamos a saborear la explosión del magma. Cada vez hace más calor, y no, no se ha estropeado el termostato. Bueno, igual el nuestro si. Quien sabe. Miramos a los lados, en busca de una respuesta orientativa a este sin sentido térmico. ¿A los lados? ¿Por que a los lados? Si, miramos a los lados. Somos así, imaginamos la función en calores máximos, pero solo eso, imaginamos. Imaginemos que me giro y miro, miro más allá, no solo a los lados. Imaginemos que miro hacia atrás, y si, tu estas en esa mesa, en la mesa de atrás. Imaginemos que miras, que miras y te giras, y te giras y sonríes, y yo me asombro, y sonrío. Imaginemos que palpamos el calor sin tocarlo, porque en cierta manera, sabemos que esta ahí, porque en cierta manera, somos capaces de sentirlo. Y si, he imaginado que nos giramos y sonreímos. Imaginemos que sonriendo nos miramos a los ojos y queman las chispas. Imaginemos que giro, giro la silla y salto, salto al vacío. Imaginemos que cruzo el abismo entre calores, el río de lava, la fusión. Y si, imaginemos que me siento, me siento a tu lado. Imaginemos que todavía te sigo mirando, y claro esta, imaginemos que no paro de sonreír. Imaginemos que hablo, que te saludo y te pregunto tu nombre. Porque si, he imaginado la fusión pero no he sido capaz de imaginar tu nombre. ¿Amaia, Carmen, Laura, Leire? Quien sabe. El magma sabe. Imaginemos que sonríes e imaginemos que hablamos, durante un rato y quedamos. Imaginemos que...bum! Si, esto no te lo esperabas, pero el magma chorreante tiene un limite, si, lo tiene. ¿Y porque? Pues porque si. Imaginemos, imaginemos, imaginemos. ¿Que curioso verdad? Igual no te habías dado cuenta todavía, o igual no te lo habías imaginado todavía, pero.. ¿te has dado cuenta la de veces que has fundido magmas en tu imaginación sin ni siquiera ser capaz de intentar saltar la lava y fundir el magma por ti mismo? Ya ves. Es algo de lo que muchas veces no somos capaces. Por que a veces nos gusta más, o es que somos así de imbéciles, imaginar fusiones que imaginar que cruzamos ríos. He incluso peor, de cruzarlos sin imaginar, cruzarlos.



















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