8.13.2012



16 de septiembre.







Me recordabas a aquella chiquilla que solía conocer cada verano, en aquellas calurosas tardes de agosto, y que me sonreía salvajemente al juntarse conmigo en la fuente, cada vez y cada año, para llenar la jarra de agua. Era curioso, no parecías crecer nunca, siempre tan delgada, con esos arrítmicos andares medio saltarines, tu bonita dentadura y aquel sombrero de paja que te gustaba usar para protegerte del sol. No solías decir nada, te acercabas a la fuente justo cuando lo hacía yo, y yo, curioso, pensaba si lo harías a propósito o era simple casualidad anual, o veraniega tal vez. Tu botella de agua era realmente pequeña, y siempre diferente, lo que hacía levantar mis sospechas sobre tus sedientos motivos. Por alguna extraña razón, y después de unos cuantos años, descubrí que aquella chiquilla era tu prima, y ahora todo cuadraba, ahora todo tenía sentido. Presa ella de tus embrujos de prima mayor, sonriente y en busca del cosquilleo de la aventura, se acercaba sin motivo alguno a llenar una botella de agua ya olvidada, con la remota excusa de sacarme una sonrisa y evaluar en sus infantiles, y más adelante adolescentes, valores y/o medidas aquellos bienaventurados recovecos que tan loca llegaron a volverte. Y sin prisa, porque le gustaba sonreír a su publico, volvía extasiada a contarte que cada año estaba más y más feo, sin quitar la sonrisa de su cara, revolviendo tus entrañas y quemando cada poro de tu piel con el suspiro de cada una de sus infantiles descripciones apolíneas. Más tarde, y sobre todo más caóticamente, me llegue a enterar que aquella idealización de verano, acrecentada por el calor, fue tu perdición, en todas y cada una de las acepciones disponible a tal endemoniada palabra, a aquel último suspiro moral. Fue, en cierta manera, la orca de tu libertad, la última pasión echa carne y el desplome de cualquier suspiro capaz de generar la idealización de cualquier persona. Y si, estoy hablando del día que nos conocimos. Aquel 16 de septiembre, cuando ya ni siquiera merecía la pena ir a la fuente y por culpa del colegio y de tu prima tuviste que ir tu. Aquel día. El día en el cual deshiciste cualquier esperanza sobre cualquier tipo de idealización casual engordada por el paso de los años. El día que, por primera vez, sonreíste sin pesar y brillaron tus ojos hasta el apocalipsis.




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