8.09.2012



Lafayette.







Hacía calor, y ambos sufrían en la cercana lejanía que les permitia la cercada cama small size que coronaba el gran y bien iluminado cuarto de la casa de la playa, que por aquel fin de semana de julio su familia ya no pisaba, y ellos, alejando y deteniendo cada día de aquel increíble verano aprovechaban a conquistar como paradisiaca isla de placer. Ninguno de los dos se encontraba lo suficientemente cerca como para notar el roce mutuo de sus sudorosas pieles, pero aun y todo, sufrían la elástica y porosa sensación de calor exterior que emanaban. Si bien querían la fusión inminente de los polos, ambos sabían que los polos de mismo signo se repelían en condiciones optimas y, aun y todo, era todo aquel misticismo el que tanto les atraía. Como aquellas tardes de sábado lluviosas que arrancaban en el cafe a las 4 de la tarde y frenaban lentamente en aquel pequeño museo impresionista de la calle Lafayette para terminar ahogando el deseo en las oscuras, frías y melancólicas noches de noviembre. Ambos giraron la cabeza a la vez, ambos en direcciones opuestas, ambos al calor, al interior. Era el típico momento en el cual no se dirían nada, y no porque no tuviesen nada que decir, simplemente porque no lo necesitaban. Necesitaban apagar el fuego, quitarse el frío mutuamente, encenderse para volverse a apagar, esa constante necesidad de cercanía que tanto daño había hecho el invierno. Y por eso, por esa misma razón, sonrieron mutuamente al calor, sabiendo que la delicia del momento era disfrutar de cada una de las bocanadas de fresca imaginación que expiraban, sin más motivo que el disfrute, el mutuo conocimiento de la mente y la sexualidad. Volvieron a sonreír, mirandose mutuamente a los ojos. Sabian perfectamente que se fundirían con el fresco de la mañana, recuperando el calor perdido, encendiendo y expirando cada uno de los momentos de imaginación en ebullición que habían experimentado la noche anterior. Les gustaba hacerlo. Y sobre todo si hacia fresco. Les recordaba que tenían que abrazarse, calentarse y quitarse el frío mutuamente. Al fin y al cabo, siempre se imaginaban mutuamente.



Demasiado tarde, siempre, porque aunque hiciéramos tantas veces el amor la felicidad tenía que ser otra cosa, algo quizá más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o isla, una caída interminable en al inmovilidad.

No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo.

Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos.

Nada suena sadico si estas tu cerca.















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