10.22.2012





El sí y el no.







Era ese masoquismo mutuo el que, en cierta manera, les hacia estar tan unidos. Esa dualidad de amor odio era al final lo que más les atraía. Esa capacidad autodestructiva que ambos tenían sobre si mismos y sobre el otro, ese atrevimiento honesto de expresar la verdad a la cara, sin tapujos y sin problemas, planteando todos los posibles resquicios de odio o de amor a simple vista, sin ocultar nada, sin dejarse ni el mas mínimo detalle en la recamara, era ese lazo de unión que muchas veces no eran capaces de entender o incluso de explicar. Para ellos, muchas veces, ahí es donde residía ese erotismo mutuo, capaz de doblegar sus enfados, sus miedos.. capaz de todo. Eran amantes bipolares con miedo a la normalidad, a la dependencia mutua, a la monotonía existencialista de la pareja única preestablecida, a todos los tópicos antiguos que sus antepasados habían trabajado y guardado con esmero. Tenían miedo de todo ello, y muchas veces eran esos miedos los que les alejaban, pero muchas otras los que les atraían. Sería mucho decir, e incluso muy aventurado generalizar, que les movía el miedo mutuo. Les movía el miedo a caer en lo común, en la dependencia dual de los seres humanos. Miedo, para ellos el miedo, algunas veces, era razón de lucha, que sin darse cuenta, se acababa por convertir en una lucha de parejas miedo-dependientes que se creaban ilusiones de independencia para no perder ese privilegio que tanto les gustaba rascar el uno del otro. Eran esa maraña erótica de contradicciones que si bien se atraían en lo opuesto odiaban sentirse separados monótonamente de su independencia, que era, al fin y al cabo, y sobre todo para ellos, su máxima expresión de amor mutuo. Esa independencia positiva y mutua de amor dual hacia lo conocido y lo desconocido, hacia el uno y en contra del otro, hacia el sí y el no.













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