10.19.2012



Qué y cómo.









Empieza a amanecer frio, hace una semana que hace frío por la mañana y por la noche. Incluso hay días en los cuales ni siquiera los pájaros tienen ganas de cantar, por miedo o por vergüenza, dejan su embriagador canto a las maquinas reconstruye casas. Hay mañana que ni suena la música clásica del vecino, que le vamos a hacer, a veces las maquinas tienen ese poder. La casa comienza a coger color, comienza a coger calor y poco a poco todo comienza a rodar. Las clases ruedan, los horarios ruedan y las relaciones comienzan, porque no, también a rodar. Hay nuevas caras, nuevas risas, nuevas lecturas, nuevos trabajos,.. últimamente todo esta lleno de cosas nuevas. Es tiempo, es el tiempo de las cosas nuevas supongo. Eladio y los seres queridos cantan Viviendo con miedo, cantando para despertar y ahuyentar el miedo, el miedo del inicio supongo. Aquí no es muy bienvenido el miedo. Se suceden las películas, todas ellas necesarias pero nada obligadas, todas de variados años cinematográficos, todas ellas educativas e increíbles. Así es el cine. Recientemente he tenido el placer de escuchar que el cine es como una droga que se nos mete dentro y que quieras o no, no vas a poder (y en cierta manera tampoco vas a querer) dejarla. Que el cine no es algo que pueda darte de comer todos los días o que incluso es muy probable que pasemos hambre haciendo cine. Pero que, por otra parte, es algo, algo tan grande, por lo que no nos va a importar pasar hambre, puesto que nos va a dar de comer en otro sentido, de otra manera mucho más grande y que nos va a aportar más alimento. Es lo que he creído siempre, y lo que he ido reforzando dentro de mi, sobre todo durante este último verano, cada vez más. Es la cultura de la pasión, es ese alimento que te llena de pasión, de alegría, de miedo, de sentimientos, de pensamientos, que sin querer o muchas veces queriendo, te alimenta por dentro. Y escucharlo de grandes del cine te hace sentirte grande, te hace sentirte bien, te hace dejar de sentirte 'diferente', aun sabiendo que no es ningún problema sentirse así. Los peculiares horarios nuevos van intentando, a veces con mejor fortuna que otra, modificarte el ritmo de vida hacía tiempo establecido. La inmensa ciudad va amoldandose cada día más a ti, aunque en realidad sabes que es al revés. Un monstruo de estas envergaduras no pierde el tiempo engullendo, tiene la suerte de atraer engullidos. Las antiguas relaciones esporádicas, que ya creías olvidadas, van volviendo a florecer, nadie sabe como, pero lo van haciendo. Puede que huelan el cambio y se arrimen a la ilusión de algo nuevo, cuando en realidad, a lo sumo, es algo mutado a algo mejor, algo más grande, más lleno de realidad y de loco futuro creíble. Las relaciones familiares semicongeladas a esporádicos encuentros habitualmente semiobligados vuelven a florecer, embellecen las situaciones y las van haciendo cada vez más grandes. Al igual que tu propia relación con la cultura, que nunca había muerto pero que a veces pasaba por pequeños grandes baches y que ahora, gracias a toda esta nueva situación, vuelve con más y con más fuerza para quedarse para siempre. En fin, el cálido verano deja ya de despuntar y deja sus horarios al tan ansiado otoño, en cierta manera tan diferente al que conocías. Aquí no vas a poder ver tantos arboles perecer, ni vas a poder sumergirte en piscinas de hojas caducas, con sus especiales tonalidades anaranjadas. Aquí vas a tener otras cosas. Otro tipo de cosas, diferentes, pero muy increíbles todas ellas. Como un bote recién salido de puerto que comienza su andadura en mar abierto te has lanzado a ver y descubrir tantos frentes diferentes como mareas, cada una con sus oleajes y sus andaduras, todas ellas, capaces de darte miles y miles de movimientos y olores que te embriagaran como el mejor de los licores. Saber apreciar el mar resulta muchas veces más fácil de lo que parece, solo hay que saber qué y cómo mirar.






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