1.24.2013



Geografía Hepburn.








Alex no se podía hacer a la idea de todas aquellas cosas que iban a ir pasando esos días. Todo parecía normal, una primera cita con una chica, que puestos a ser francos y ya que es algo en lo que todo el mundo se acababa fijando, increíblemente atractiva. Tenía un atractivo que iba mucho más alla de la propia belleza por definición por todos conocida, transcendia de todo tipo de canon establecido y su belleza se entendia más como un cumulo excesivo de increíble sensualidad femenina mezclado con la impresionante capacidad de atracción del aura de lo extraño. Para Alex era todavía difícil explicar esa sensación, pues se le hacía imposible definirla. En aquel primer encuentro, que todavía no sabía si había sido premeditado por sus dos amigos o había sido más bien un encuentro casual como otro cualquiera, ya le había parecido un tanto peculiar. Había sentido algún pequeño cosquilleo con alguno de sus movimientos de manos aleatorios y algún que otro nerviosismo cuando, en una ocasión, le había cogido del brazo, en pensamientos de Alex, para expresar su emotiva afinidad en los gustos musicales. Ambos se habían dado cuenta, o eso es al menos lo que le había parecido a Alex, que disfrutaban con casi los mismos grupos musicales. Habían estado hablando sobre un concierto anterior y algún que otro festival veraniego y habían quedado en verse para ir a comprar esa entrada que hacía tanto tiempo quería comprar Alex. Él, puesto que hacía años había decidido que no iba a perderse ningún tipo de concierto por el simple hecho de tener que ir solo, ya había decidido que iría  y estaba claro que ahora con mayor razón, o al menos con muchísimas más ganas. Le resultaba físicamente muy atractiva, puesto que era alta y delgaducha, con cuerpo y curva, sin llegar a representar la delgadez modélica que los últimos supuestos cánones de belleza dictaban, tal y como le parecía a Alex que debía ser la feminidad. De vez en cuando se sentía muy machista al decir este tipo de afirmaciones, puesto que él no era para nada machista y más bien se sentía como un hombre feminista, que decía este tipo de afirmaciones para definir sus gustos femeninos sin ningún tipo de intención de insulto. Era morena de voluptuosa melena y avivadas ondulaciones que generaban tremendas y brillantes olas de pelo. Manejaba con gracia su pelo, moviéndolo de vez en cuando con un arrítmico gesto que hasta en ocasiones le parecía excesivamente atractivo, más por el giro que realizaba su cuello y que dejaba al descubierto ese delgado y afilado cuello de cisne con el que podríamos llenar docenas de paginas en descripciones, más que por el simple echo del propio movimiento del pelo. Era su cuello y el movimiento del mismo otro paradigma que enloquecía a Alex hasta la locura y que resumía otro de los mayores enigmas femeninos que él era capaz de entender o explicar, con entrecortadas palabras, puesto que la sola imaginación le nublaba al final la expresión. La delgada linea que definía sus labios se encontraba mágicamente situada entre un pequeño lunar situado debajo de su labio inferior, y ya sabemos de que labios estamos hablando, y su nariz de normales proporciones. Antes de seguir mencionando sus labios es importante destacar la curiosa y el curioso tamaño y forma de su nariz. No era una nariz al uso, puesto que no disponía de un delicado y cuidado sentido geométrico  pero no sobrepasaba las dimensión que nos permiten dejar de fijarnos en otro tipo de elementos. Podemos decir que se trataba de una nariz de tamaño medio, con una pequeña tendencia aguileña pero sin nada excesivo, no disponía de capacidades motoras, que definía en cierta manera todas las demás delicadas lineas de su rostro. Dejándolo claro, era el elemento céntrico que por definición inversa te permitía disfrutar todavía más de todos los demás elementos. Alex no lo podía negar, y solo en una ocasión sintió que lo que pensaba se podía interpretar como una locura, quería saber de que color eran sus labios. Bañados en un delicado rojo Chanel, Alex sentía la imparables ganas de conocer, por sus propios medios, el verdadero color. Eran esos delicados labios, con trazo fino delineados y sin excesiva voluptuosidad, los que daban ese toque de color a su blanquecina piel. Su piel, de impoluta construcción, recubría magistral y elegantemente su afilados, y en parte Hepburnianos, gestos y lineas de su rostro. Su pequeña barbilla, un tanto prominente, afilaba todavía más su mandíbula y aumentaba, a consecuencia de las proporciones, la sensación de delgadez y delicadeza en su rostro. Alex sentía que podía estar horas recreándose en su boca, en sus labios, en la delicada mandíbula y en su indescriptible cuello, todo ello hasta llegar a sus ojos. Sus ojos, que ojos, menudos ojos, los ojos de los ojos, la máxima definición de ternura y pasión ocular jamas descrita. Así es como sentía Alex que eran sus ojos. Unos intensos, marrones, vivos, brillantes y grandes ojos que miraban y encandilaban a todo y a todos a su paso con una felina pasión que descolocaba todo. Unos ojos que lo decían y lo callaban todo. Situados debajo de unas finas pero largas y bien marcadas cejas, sus ojos pasaban a ser el elemento principal siempre que aparecían en escena. Alex podría, y hay que dejar bien claro este tiempo verbal puesto que era todo más bien fruto de su imaginación, recorrer durante horas sus labios, pero todo se detenía cuando abría los ojos. Era en cierta manera como la máxima expresión de pasión que había visto, mezclada casi magistralmente con la brillante y avivada sensación de gracia juvenil, inquieta sensación animal y humor altivo que avivaban todavía más sus irrefrenables ganas. Ella conocía sus poderes, o eso era al menos lo que pensaba él, puesto que era así como entendía Alex este tipo de construcción femenina, mucho más allá del poder de la genética ese tipo de magia biológica tenía que tener un punto de misticismo inexplicable, que él entendía como poder. Alex por el contrario no sabía que ella desconocía, no al menos al mismo nivel, sus 'poderes'. Imaginemos que pasaría si los conociese plenamente. Imaginemos nosotros, porque Alex es incapaz de imaginar tal cosa sin explotar o implosionar de alguna manera. Él era capaz de perderse mirándola, y eso que hacía poco que la conocía, o igual era por eso, porque cada vez que la miraba encontraba algo nuevo en lo que fijarse, algo nuevo en lo que imaginar o intentar definir. Se encontraba cautivado por su belleza, e intentaba no mostrar su irrefrenable emoción por miedo a que ella se diese cuenta. Alex asumía que su estado de shock le había infundido el valor suficiente como para decirle a quedar otro día, mágico shock de belleza como lo solía llamar él, pero que en ningún momento ni caso anterior había llegado a tal punto ni nivel. Habían quedado hacía las siete de la tarde, puesto que si bien Alex odiaba dormir la sienta, ella se veía en la obligación de practicarla al menos los fines de semana, y el sábado es lo que tenía. No era algo que le importase mucho a Alex, de hecho para nada, puesto que no perdería el tiempo si se ponía una película antes de quedar. Una vez que comprasen las entradas, Alex ya tenía pensado a donde irían a tomar algo, puesto que tenía muchísimas ganas de pasar tiempo con ella, y no solo por los continuos descubrimientos geográficos, y no se sentía con las ganas de perder tal oportunidad. Conocía un pequeño bar de mediana edad, en donde un camarero amigo suyo todavía instalaba buena música y en donde tendrían la tranquilidad suficiente como para hablar y disfrutar de la música a la vez. Jose no habría mucho el bar, pero cuando aparecía él, el bar no discutía las horas y mucho menos lo iba a hacer en esta ocasión. Alex se había dado cuenta que a ella le encantaban la cerveza, en la fiesta no probo ni gota de alcohol, y era, más concretamente, el matrimonio con el señor Guinness el único que le producía el brillar de sus ojos. En cierta manera, todo se estaba convirtiendo en un calculado, y siempre soñado, cumulo de increíbles gustos que Alex no quería dejar de descubrir. Hace dos días no se imaginaba que algo así le podía estar pasando y ahora, sin todavía saber muy bien lo que le esperaba, no podía ni quería parar.
















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