1.25.2013




Melancolía.








El bar de Jose era el típico bar de tamaño medio que no era mundialmente conocido, tenía esa extraña habilidad para atrapar a un pequeño numero de clientes, que una vez disfrutaban de sus innumerables paredes, colores, sonidos y recovecos no querían escapar de ahí. Tenía esa mágica aura que solo un bar que ha pasado esa época de frenético éxito y exhibicionismo público despreocupado puede dejar, como un sórdido silencio o un grito en la oscuridad. Como la melancolía de escuchar a Chet Baker una calurosa noche de verano mientras entra el sonido de los niños correteando por la ventana abierta y lee uno Rayuela tumbado en la cama. Jose sabía que su bar nunca más recuperaría ese toque y olor a nuevo que despierta siempre en las masas una irremediable gana de acudir, pero era algo que no le importaba lo más mínimo. Para Jose sus épocas doradas hacía años que habían pasado y ahora solamente se conformaba con sus ancianos y habituales clientes y las pequeñas y bien dosificadas masas de nuevos jóvenes, que como Alex, empezaban y habían empezado ha amar su bar de una manera incondicional. Como el reducto de pequeños Serge gainsbourg’s embutidos en cuerpos más jóvenes y diferentes. Esa autenticidad que solo la inexperiencia y atrevimiento juvenil es capaz de otorgar era lo que más le gustaba a Jose de todos aquellos jóvenes que se atrevían a entrar en su bar, y era, en cierta manera, lo que más admiraba de Alex. La melancolía es el reducto de un sinfin de elementos que tengo ganas de definir y de que hablar. Un extenso conjunto de irremediable conjuras cerebrales que son parte de cada uno de nosotros. Proxima va de ella.












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