3.11.2013



Frío.








Hacía frío, mucho frío, incluso dentro del bar. Tenía frío, sentía esa sensación de gélido frío que me recorría constantemente el cuerpo, un río de sudor frío por mi espalda, el augurio del fin del mundo. Miraba a la calle, a través de aquel sucio y viejo cristal que adornaba el bar, nuestro bar. Miraba sin saber muy bien a donde, pensativo, intentando concentrarme el algo positivo en lo que pensar, en aquellos momentos o recuerdos que me podían sacar, como última esperanza, de este repentino y mortuorio frío polar. La madera, cómo me gustaban los bares con elementos y mesas de madera. La madera tiene personalidad, tiene sentimiento. Uno la toca y siente que hay un alma encerrada dentro, la tocas, pasas la mano por encima y tu mano respira, siente y percibe que hay vida. Cierras lo ojos y tocas la madera, e incluso gélida transmite. Había estado lloviendo toda la noche y los leves rayos de sol que se habían dejado entrever durante la mañana habían secado e humedecido el ambiente. Había una nebulosa fría caminando en la superficie de la visión, o igual era solamente yo y mi congelada vista. Había pedido tres cafés solos, dos con hielo y uno muy caliente. Hacía tres meses que me había prometido no volver a tomar tanto café, había llegado a la conclusión que lo mejor era reducir las dosis, dormir más y ducharme solo y solamente una vez al día, por las mañanas. Pero hoy nada tenía sentido, estaba disfrutando como un niño de mis cafés, me estaba dando cuenta que era una tontería dejarlo, puesto que me encantaba sentirme más vivo de lo normal, más frenético si cabe. No recuerdo cuando empece a tomar café, puede que hace mucho, de muy joven. Por el contrario, sí que recuerdo cuando te vi por primera vez. Tomabas una Coca-Cola Light, era Light porque siempre discutía contigo sobre ese tipo de diferencias, aunque todavía no lo sabía. Estabas sola, aunque luego me dijiste que esperabas a una amiga por vergüenza a decir que realmente estabas sola porque te gustaba ir a leer a los bares y ver la gente pasar mientras te imaginabas que harían con sus vidas. Yo te vi desde lejos, nada más entrar. Tú no lo sabías, pero había un rayo de sol que apuntaba directamente a tu mesa, fue imposible no verte, casi me choco al entrar. Muy típico en mí. Me acuerdo que leías un libro muy delgado que sujetabas con una mano mientras mantenías la otra entre las piernas, como protegiéndola del frío. Hacía frío sí. Me senté en la barra, en esas banquetas altas tan cómodas que tiene nuestro bar y me tomé un café. Se suponía que iba a quedar con Alex en el bar, para tomar algo y charlar sobre nuestros planes de vacaciones, pero se le había olvidado que tenía que ir a ver a su tía y se le había olvidado avisarme a mi también. El caso es que me había quedado solo, bueno, solo no, ahora estabas tú. Me olvide por completo de Alex y me tome lo que fueron tres de las mejores horas de toda mi vida. El rayo de sol inundo todo, todo el bar, toda mi cabeza, todo mi cuerpo, todo, hacía calor. Hacía frío, metí la mano entre mis piernas e inquieto buscaba el rayo de sol, miraba por el cristal, buscaba aquel libro, aquella sensación. A estas tardías horas ni el café, ni la madera, ni la nebulosa, ni la búsqueda literaria me importaban ya. Solamente sufría de frío, un frío que conocía y odiaba con toda mi alma, un frío que solamente se podía solucionar de una manera.






No hay comentarios:

Publicar un comentario