6.17.2013




Es el blanco y negro.










De pronto es verano, ha llegado, como una inmensa bofetada, un ostión de calor que nos ha dejado moribundos a más de uno. Así sin más, sin apenas avisar, sin decir 'Hola, después de un mes de primavera y ligueras subidas de temperatura, es mi turno.', no, él es más especial cada año y hace lo que quiere con nosotros. A diferencia de nosotros, que no sabemos que hacer ni como actuar ante eso, ni ante otro tipo de cosas. Hace calor, mucho, y el cerebro se me nubla, mi estado activo pasa y deja incluso de ser pasivo a ser estúpido, absurdo. El año ha terminado, así, como el verano, de repente, sin darnos cuenta, sin darme cuenta, que no tiene sentido pluralizar todo. Hace unos meses acababa de terminar y todo volvía a empezar de nuevo, con un clarísimo objetivo, con la libertad que otorga una gran ciudad y un gran sueño. La estabilidad volvía, en cierta manera, a reinar en una monotonía ligeramente alterable. Había proyectos, objetivos, metas, lugares a donde ir, cosas que visitar, mundos por conquistar, espacios que iluminar, todo, porque la nada había dejado de existir. Es lunes, y quedan dos semanas para cerrar, por así decirlo, el antes y el después de mi vida. Suena potente ¿verdad? Es que necesito algo de estabilidad, en todos los sentidos si, y me estoy dando cuenta que me estoy volviendo un adorador de los elementos no estables, la creencia de la inestabilidad. En un principio, y es que el ostión del calor repentino es lo que conlleva si le sumamos un lunes gris y diez grados menos, una vuelta de tuerca a todo en realidad, porque el tiempo de hoy parece Pamplona, y eso es criptonita para cualquiera. En un principio, como decía, esa inestabilidad me parece fascinante, la atracción de dejar a un lado la monotonía y dedicarme a algo que se renueva día a día, al igual y junto con las mejores ideas del mundo, que le permiten a uno despegar y soñar. Y sí, vuelvo a repetir, en principio era y es así, menos hoy, menos últimamente, que todo cambia, todo es nuevo, incluso hay nuevas personas que llegan, y yo quiero cambios pero de uno en uno, con tiempo para digerir y ver, al menos, un pie posado sobre el suelo, sobre la tierra, sobre algo real, sobre alguna sujeción. Hasta mi peso cambia, y no me gusta, hasta mi pelo, que vuela. Escribo, porque siento que lo necesito, porque no hay internet en casa, el golpe de suerte del lunes a diez grados menos. Suena Howling, lo que faltaba. Siento la necesidad de sacar fotos, muchas fotos, pero no se a que. Busco y siento que quiero retratar cosas pequeñas, no porque quiera empezar por el significado de lo pequeño o le quiera encontrar un sentido a lo más ínfimo de la vida. Puede que, por ahora, por un ligero periodo de tiempo, las cosas grandes hayan dejado de tener sentido para mi, no me apetece retratarlas. Quiero cosas con alma, pequeñas, con esencia, que solas, me lo den todo. Ya no busco ni el color, aunque bien es cierto que hace años que no me lo encuentro ni en el ascensor, y por eso me he comprado un carrete en blanco y negro, que sí, además es especial. El carrete tiene un grano especial, más gordo, que le da una textura diferente a las fotos. Supongo que necesito cosas diferentes y por eso compro hasta carretes diferentes. Siento que me anclo en el pasado, con mi Yashika autoprestada y un rollo de treinta y seis fotos en blanco y negro con extra de grano, la textura definitiva dirían algunos. O una vuelta al origen dirían otros. ¿Qué origen? O simples tonterías, quien sabe. Hoy no se nada, pero nada de nada. He salido a dar una vuelta por el centro, hoy lunes por la mañana, a ver si encontraba ese pequeño instante que me diese su alma, para mi, para mi fotografía, para toda la mañana, para poder caminar a la tarde y al martes. Estoy repasando la lista del nuevo Superlative que preparo mientras escribo todo esto y resulta ser una lista de música medio electrónica con toques excesivamente nostálgicos. Una nostalgitronica, o una electrogia. La música que ancla y revive, por así decirlo, el ritmo del castigado y marchito lunes a diez grados menos. ¡Qué se yo! El carrete que Henry me reveló el otro día tiene fotos preciosas, varias curiosas y otras cuantas oscuras. Tengo que aprender a controlar y calcular la luz, no siempre entra toda la que debería y la realidad se vuelve oscura, como una pequeña analogía del momento, como el presentimiento de los momentos congelados. Hoy es lunes diecisiete, de junio, del año dos mil trece, y ya me vale de escribir. El calor nos ha dado una pequeña tregua, que presiento que se va a terminar pronto. Ahora pienso que puede ser una señal. Me dice: 'Asier, te doy un día libre, para que te recompongas y dejes la estupidez a un lado y, mañana, cuando vuelva a rugir otra vez, no seas tu el que se asuste sino tu vecino.' Yo soy así, hablo conmigo mismo y sí, más que con los demás. Ya vale de llorar, que solo se llora viendo cine y/o por amor. Nos vemos mañana, por la calle o por cualquier otro sitio, al sol del caluroso martes a diez grados más.
















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