12.08.2013





Canvas.










Era un canvas vacío. Una vida plena, unida. De alguna manera, sin saber muy bien cómo, como todas aquellas cosas que nos desconciertan en la vida, había estallado, escupiendo y vomitando, líquidos ácidos verdes descompuestos enlaces estomacales desvividos por el salitre de la vida y el mar negro cubierto como superficie infinita de oscuridad atemporal, todos los males que habían soportado y aceptado gracias a, por llamarlo de alguna manera, la monotonía continua de su supuesto amor. El tiempo. Me marea pensar que es el tiempo a veces el todo que nos transporta a no se sabe donde. Me marea pensar que un día dejaré de ser consciente del tiempo, abrumado por la monotonía, como sintoma de vida que nos transporta segundo a segundo. Me marea pensar que, aun consciente de ello, no vaya a ser capaz de escribir o vivir todo ello. En el devenir de su vida habían vivido muchas cosas juntos, prácticamente casi todas, y ambos se conocían muy bien. El brazo es la extensión del alma. Acostumbrados a quererse por la union más que unirse por el querer habían conseguido establecer una serie de reglas por las cuales, tanto uno como el otro, ejercían un afecto que era mutuo y les permitía convivir en un estado de supuesta felicidad. Acostumbrados a una verdad que ellos mismos se habían autoimpuesto, ninguno de los dos fue capaz de ver el canvas, tan vacío como los sentimientos que les asolarían los próximos días. La edad, a veces más sabía que nosotros mismos, había comenzado a hacer mella en ellos, quienes, poco a poco, habían comenzado, más sin darse cuenta que otra cosa, a analizar sus vidas. Su pasado, siempre unido, siempre monotono, había comenzado a resquebrajarse. Si es que es el pasado capaz de ello. Nada parecía lo que había sido. La sutileza de ver las cosas de una manera diferente, los defectos, las virtudes, las sonrisas y las tristezas, todo empezaba a adquirir un matiz, unos matices totalmente diferentes. De alguna manera u otra, el canvas había desaparecido para volver formando un cúmulo indescriptible de pequeños detalles, dibujando y pintando la realidad tan aleatoriamente como ahora les parecía su pasado. Lleno de difusas y resquebrajadas pinceladas de algo que, en un pasado, habían querido llamar amor.




Desilusiones mortuorias de un supuesto canvas a medio escribir.








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