12.13.2013





Napalm.











Los detalles de nuestra vida eran destripados uno a uno como estadounidenses en Vietnam. Arrasados por el olor del Napalm, quemados, descuartizados y despellejados vivos. Los detalles, como los recuerdos, iban cayendo uno a uno. Hijo, nada del mundo huele así. Amo el olor del napalm por la mañana. Ayer vi Apocalypse Now, creo percibir un liguero olor a quemado, se debe de notar el Napalm por las mañanas o mi cerebro chamuscado echando humo. El café acecha cada mañana como el Vietcom por las colinas, despierto y sediento de sangre. Al igual que mis ganas, se quema de vez en cuando, choca y se hunde para volverse a despertar, levantar y arremeter contra todo lo que pille por el camino. Es el mounstruo del atolladero, pecador sin sino. Quema voluntariamente cada poro de la piel, desgarrando, siempre queriendo, cada cuarteado milímetro de piel. Y cuando no se le da de comer, atropella sin cuidado cualquier tipo de ilusión centesimal, no excedo de frase por miedo al plagio, porque él no entiende mas que de una cosa, y cuando no se le da lo que él pide, grita y muerde. Te aborrece sin razón, puesto que ni razona ni deja razonar. Y que más nos da a nosotros, si lo único que queremos es que este contento. Y es por eso, por eso mismo, por lo que no nos importa sufrir, quemar, descuartizar, despellejar y desprendernos de todos y cada uno de los problemas que surgen hasta llegar a ese punto con tal de conseguir llegar. Es nuestra carrera, nuestra guerra. Aquella que nos descuartiza y nos quema como acido, pero la que nos despierta cada mañana con el delicioso olor a victoria. Me sobran cojones para hacer surf en esta playa.






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Bill Cunningham New York.























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