12.14.2013





Sábado por la mañana.











Delicadamente acostumbrada a sus suaves caricias. La sensación era más placentera que el olor del mar en un día de lluvia o mirar directamente al sol un frio día de noviembre. Rebosaba el olor a café recién hecho por toda la casa, olor a sábado por la mañana mientras el sol bañaba las blancas paredes de la habitación y él, en calzoncillos, preparaba tostadas. Acostada sobre el colchón, hacía horas que su apasionado amor había tirado la almohada al suelo, miraba al infinito de la ventana blanca de madera. Le gustaban los sábados por la mañana. Levantarse temprano y ver amanecer, levantarse despierta, como si fuesen las doce del mediodía, desayunar con él en silencio, ducharse y comenzar el día. Brotaba el apasionado cosquilleo de pasión muy dentro cuando miraba el vaivén de su rizado y alborotado pelo caminar hasta la habitación, rozar sigilosamente su barba de cuatro días y escuchar como, sutilmente, sonaba el colchón con su peso. Ahí, acostado a su lado. Zumo de naranja recién hecho, tostadas con mantequilla sin sal y café natural con una gota de leche semidesnatada mientras Jack Steadman le cantaba Fairytale Lullaby al oído. Pocas cosas le pedía a la vida, era mujer de pocas costumbres, se amoldaba facilmente a cualquier situación y le gustaba creer que después de la muerte había algo más. Era mujer de detalles, de pequeños detalles. Como la vida.







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