1.05.2014





Café cada mañana.










Me acordaré de ti en verano, puede que en invierno, otoño y primavera también, cuando el sol amanezca despacio cada mañana y caliente el ligero y sobrante espacio entre el final de la cama y mi piel. Suelo abrir los ojos perezosamente, menos cuando me he quedado dormido y tengo que salir corriendo de la cama, y me quedo unos segundos pensando reflexivamente donde estoy, quien soy y qué hago, qué hice y qué tengo que hacer, qué hare realmente y cómo y por qué, con quién y qué y si hace buen día y si luce el sol y que música me apetece y si tengo hambre y qué voy a desayunar y si todo lo que he hecho durante mi vida tiene sentido y puede que diga que no pero me convenzo que sí y vuelvo a cerrar los ojos durante los mismos cuatro segundos que los he tenido abiertos. Me estiro, llamada a la ecatombe, y bum! me doy cuenta que no estas porque no me choco con tu piel y tu lado de la cama, por mucho que lo caliente el sol, esta frio y me hace recogerme como los ojos de un caracol al ser molestado. Me siento molesto y me estiro y desperezo en mi espacio, haciéndome la ilusión centesimal, milimétrica, de sentirte a mi lado y no querer despertarte si al estirarme te doy con mis dormidos brazos. Me quedo estirado, con los ojos abierto, despierto ya, boca arriba, porque ya sabes que yo duermo boca arriba menos cuando, sonámbulo, camino por la casa en silencio o a limpio grito, y me doy cuenta que no estas y que en verano, invierno, otoño y primavera anhelo tu piel calentando ese triste y alejado espacio derecho de la cama. Acuerdate que yo duermo en el lado izquierdo. Solía oler a café a estas horas de la mañana y yo solía cerrar los ojos otra vez y sonreír como un tonto mientras respiraba el increíble aroma de tu café. Eso tendría que haber contado para algo, pero al parecer no y ahora haces café a más de tres mil kilómetros de distancia en el lado izquierdo del mapa del mundo que tengo colgado en la cocina. Quiero pensar que no me voy a acordar más de las razones, porque junto con tu único grito es lo primero que quise y aprendi a olvidar de ti. Todo lo demás sigue intacto, todos y cada uno de los fotogramas de nuestra existencia. Fotogramas que albergan, al menos en mi cabeza, todo es olor a café, a hogar, a calor, el calor, el verano, el mar, el sol, la música y las docenas de miles de sensaciones que fuimos capaces de capturar. Acuérdate, al menos durante esos pequeños cuatro segundos, que tu también sonreías como una tonta al sentir calor en el lado izquierdo de la cama y al verme dormir placidamente a tu lado cuando, sigilosamente, te levantabas a preparar el café cada mañana.






















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