2.11.2014



A quiet place.




Escucho tu voz desde el baño, tumbado en tu gran cama de matrimonio con más de la mitad de las sábanas repartidas entre la cama y el suelo. Cantas la melodía de la canción más triste que has conocido jamas, yo lo se porque estoy acostumbrado a escuchar tus secretos más profundos e íntimos. Estas alegre, y es por eso que te encanta cantar esa canción, triste no podrías. Acabo de terminar de atarme la camisa a cuadros que me regalaste y me he tumbado en la cama a ojear el nuevo libro que has empezado. Es un pequeño libro, no muy gordo, forrado con papel grueso y sobre el que has escrito "El principito". Sonrío porque se que será la novena vez que lo lees. Suena la suave y delicada voz de Karen O de fondo, a comenzado a llover y las agresivas gotas atacan el cristal de la ventana sin cesar. Me paro a pensar que esta estampa puede llegar a ser demasiado idílica, calcada de la mente del mayor soñador o escrita por alguien que en un día lluvioso, con la pequeña luz de la mesita de su cuarto escribe ideales perdidos en pijama. Podría levantarme y poner el último disco de The Kills o escribirte la peor carta de amor del mundo en tu antigua maquina de escribir que nada de esto desentonaría lo más mínimo. Me encanta prepararme el primero y seguirte con la mirada mientras te preparas. Sin duda, es uno de los rituales más bonitos que he visto jamas. Tus alargados dedos describen millones de indescifrables detalles mientras revoloteas entre tu caos organizado como pez en el agua. Iremos al cine después de desayunar tarde y después caminaremos por el puerto mientras no para de llover y cuando haya parado de llover nos meteremos al calor del bar más pequeño a tomar unas cervezas con patatas y olivas. Te he pedido encarecidamente que me ayudes con mis textos, estoy bloqueado y si no hablo de ello delante tuya solamente te veré hablar y acabaré embobado perdido sin saber ni recordar ni una sola letra de todo lo que escribí ayer. Ayudarme, te pediré tres o cuatro veces, y tu, cansada de sonreírme y cambiar de tema, aceptarás ayudarme, porque te encanta. Te encanta, pero odias destrozar todo lo que escribo porque esta mal y odias verme descompuesto cada vez que te pido ayuda. En pequeños trocitos me recogerás y nos iremos a merendar esos helados gigantes con enormes trozos de miles de galletas diferentes que tanto nos gusta comer en invierno. En verano no merece la pena comer helado. A veces pienso que debería escribir sobre nosotros, sobre todos estos idílicos y lluviosos días y dejarme de inventar todas esas tonterías que luego no me sirven para nada. Tengo las historias delante de mis narices y no soy capaz de verlas. O las veo pero no quiero escribirlas porque prefiero vivirlas contigo y que sean solo para nosotros e inventarme tonterías que nunca vamos a vivir porque no nos gustaría vivirlas y que sean esas las que todos los demás lean e imaginen como nuestras. Creo que debería dejar de escribir y coger una cámara y empezar a grabarte los días pares, para poder vivir los impares, porque los impares me gustan más. Filmarte durante un mes o dos, cada dos días, y hacer una película sobre ti. Los días pares. Sales del baño preguntándome si ya estoy listo, recordándome que no me olvide de coger el paraguas y esos guantes gordos que me regalaste el invierno pasado, que luego tengo frio y es mi excusa perfecta para no escribir nada. Estas guapísima, como siempre. No se como lo haces, pero la sencillez de tu rostro y el echo de que casi no uses maquillaje iluminan tu rostro de una manera sobrenatural. Apagas el tocadiscos y después de ponernos los abrigos me avisas que hoy es lunes y que la mayoría de los bares están cerrados y que menuda imaginación tengo si creo que hoy vamos a poder avanzar algo en mis textos. Sonrío y tras cerrar la puerta de casa las gotas atropellan nuestros paraguas multicolores, comprados especificamente para alegrar lunes grises como este.









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