2.09.2014






Infinito.










Nos vamos a fugar en un viejo Cadillac descapotable blanco de los 70, rumbo a ninguna parte. Con una pequeña maleta de cuero, una chaqueta y las viejas gafas de sol de mi padre. Tú con la gran maleta blanca que te había regalado tu abuela de sus primeras primaveras, ese horrible pañuelo que tanto te gustaba atarte a tu cuello de cisne y tu pequeñas y redondas gafas de sol que habías comprado en el mercado del domingo la semana pasada. No sabíamos a donde, pero lucía el sol y la carretera era infinita, rozaba el mar y nos hacía volar a aquellas playas californianas en donde tanto ansiábamos veranear. Comeríamos en pequeños bares de carretera los famosos sandwiches del menú con bebida por 3'5 € hasta agotar nuestros pequeños ahorros y acamparíamos en el coche, con vistas al mar en uno de los tantos merenderos que íbamos dejando atras. Subiríamos la vista al cielo para vernos en panoramica, cerraríamos los ojos mientras Jagger nos elogiaba con su You can't always get what you want y el sol había justicia en el largo y ancho de su de reino. Sería bonito podernos grabar, desde arriba, como si tuviésemos una gran grua y la cámara subía y abría el plano desde nuestros rostros hasta el infinito, mientras subíamos los brazos, mirábamos al cielo y rugíamos los Stones. Hace frio, y el pequeño calor que genera tu cabeza encima de mi tripa me transporta a lejanos lugares y locuras como esa. Me encanta que vengas a pasar los frios domingos de enero al regazo de mi tripa y de mi cama. Que pongas a todo volumen  The Funeral y nos quedemos horas mirando al infinito sin decir nada. Hace tiempo descubrimos que dos horas de miradas al infinito puede transmitir más un domingo por la tarde que cuatro horas de conversación en un abarrotado café. Hemos vaciado nuestras huchas de cerdos tras romperlas con el martillo de mi padre, amontonado el dinero, lo hemos contado y nos hemos dado cuenta que nos llega para ir hasta Pinto, hasta Valdemoro no, con una única maleta y sin pedir la bebida del menú. Al menos sabemos que nos tenemos el uno al otro y que los chinos han dicho que van a bajar el precio de las latas en la Plaza del Dos de Mayo entre las ocho y nueve de la noche los días pares del mes de agosto y solamente si el cielo no tiene nubes. Como decía mi abuela, algo es algo y menos da una piedra.












La gran película enferma. “La gran película enferma no es más que una obra maestra abortada, una empresa ambiciosa que ha sufrido algunos errores en su desarollo: un buen guión imposible de rodar, un reparto inadecuado, un rodaje envenenado por el odio o cegado por el amor, una gran distancia entre la intención y la ejecución, un estancamiento solapado o una exaltación engañosa. Esta noción de gran película enferma sólo puede aplicarse, evidentemente, a directores muy buenos, a los que han demostrado en otras circunstancias que podían rozar la perfección. “(...) Si aceptamos la idea de que una ejecución perfecta conduce frecuentemente a disimular las intenciones, admitiremos que las grandes películas enfermas dejan aparecer más cruelmente su razón de ser. Observemos también que si la obra maestra no siempre es de las que hacen vibrar, la “gran película enferma” a menudo sí lo es. (...) “La gran película enferma” sufre generalmente un lleno-desbordante de sinceridad, lo que, paradójicamente, la hace más clara para los entendidos y más oscura para el público acostumbrado a tragarse productos híbridos cuya dosificación privilegia más la astucia que la confesión directa”.




















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