3.12.2014




Eclipses.





Inevitable pensar en el día que llegará, en el día que verá la luz aquello que a media oscuridad quiso un día lucir, pero que, culpable sea el elemento que sea o quien quiera darse por aludido no quiso sino forzar una desgarradora situación que limita con lo surreal, lo mágico y lo esotérico. O con el amor. Situación que, la luna quiso achacarse algunas veces la culpa pero la torpeza del ser humano acabo ganando una batalla, a estas alturas ancestral, a desgarrado más que una tensión, más que una situación dudosa. El ligero y sutil pero intenso aroma, que a recuerdos de las noches de verano construían efervescencias en su cerebro, que su superficie color café con leche desprendía al girar en rotación volvía a desestabilizar una ruleta rusa hacía tiempo congelada. ¿Qué placer sería el próximo en recibir nuestro desafortunado e inestable juicio?¿Existía un miedo tal a futuro extraviado que consiguiese anular locuras tales como la valentía? Digamos que sí, pero ¿y qué importancia tiene a estas alturas? Pues las entrañas dicen que sí, que el monstruo interior tiene garras de fuego y arde la vida dentro, quiere salir, quiere salir, quiere vivir. ¿Puede uno dejar de pensar, por voluntad, que aquel día no va a llegar nunca?¿somos capaces, nosotros mismos, eclipses de nuestras propias vidas, quienes frenen y congelen la verdadera luz que brota de aquella ligera luz? La distancia crea necesidades. O todo es una necesidad o una distancia en si, y es por eso y gracias a eso que se nos hace inevitable pensar que ese día debe y tiene que llegar. Porque tengamos o no la necesidad de generar y establecer distancias, existe una mínima distancia que es incapaz de escapar a la luz. Y es inevitable para mi mencionarla. Y es inevitable para mi pensar en ella.


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