3.28.2014



pequeño.






Vivía pequeño de él en la minúscula esquina de su majestuoso apartamento. Era pequeño, se sentía pequeño y se movía pequeño. Se había acostumbrado a vivir pequeño, despojado de aquella sensación de grandeza que un día le volvió pequeño. Se había vuelto pequeño y miraba desolado un mundo, gigante, que se había ido empequeñeciendo mirada a mirada. Su diminuta nariz respiraba un aire lleno de grandeza que no sabía y que no era capaz de crecer ni anhelar grandeza. Sus pequeños y rosáceos pulmones susurraban la ayuda que les permitiese respirar. Se había vuelto pequeño. Sus delicadas manos saboreaban la dura y rugosa madera que cubría el viejo suelo de su apartamento. Desde su esquina podía verse reflejado en el gran espejo que coronaba su habitación, un gran espejo sin marco que apoyado en la pared le devolvía la triste y blanquecina mirada de un cuerpo hacía tiempo ovillado por la melancolía. Espina dorsal encorbada, que garabateaba una linea infinita de dromedarios asustados, respiraba el frío aire que se colaba por debajo de las irregulares puertas. Posición fetal, lento y doloroso palpitar de un olvidado corazón y una mirada que, perdida, anhelaba el caluroso abrazo de un pasado hacía años olvidado. El gran abrazo. Pero él era pequeño y su ovillo era pequeño y sus piernas eran pequeñas y su espalda, y su posición fetal primaria y sus sentimientos y su belleza y su anhelo y su poder y su causa y su sonrisa y su alegría y su mirada eran pequeñas. Vivía pequeño porque era pequeño, porque se sentía pequeño, porque lo habían convertido en algo pequeño, algo olvidado, algo vacío. Era pequeño, algo pequeño.


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