4.15.2014






Huye, huye lejos. Corre, corre lejos. Huye lejos, corre lejos. Huye, sal corriendo, mira solo cada trece minutos hacía atras, a ver si hay todavía alguien, pero hazlo solo hasta que hayas sido capaz de sonreír solo, sonreír de tal manera que tu felicidad te permita huir y correr solo, feliz, libre, siendo y sintiéndote libre. Huye, huye lo más lejos que puedas, porque puedes, porque debes, porque quieres aunque crees que no quieres, huye. Huir es un acto bonito, aunque siempre se haya tildado de oscuro y rastrero, hace falta valor para huir y vivir, huir y correr, huir y ser libre, hace falta mucho valor. Huye, huye muy lejos, huye hasta donde nadie sea capaz de conocerte, de reconocerte, de mirarte con los cómodos ojos de un ligero pasado, huye a aquel lejano lugar (o cercano) en donde tu felicidad sea lo más importante del mundo. Huye, porque es bonito sentirse raro e incluso desconcertado, pero al final del camino uno debe huir por uno mismo. Huye, huye joder, huye muy lejos, que la conexión es preciosa pero no siempre es fácil y es más fácil herirse a uno mismo que huir y protegerse por siempre. Se viaja no para buscar el destino sino para huir de donde se parte. E igual es que simplemente huimos porque no sabemos donde estamos y necesitamos viajar sin destino, y es por esa razón por lo que se nos hace tan complicado huir y viajar y el destino y el final y el retorno y el pasado y el futuro. ¿Quién sabe o sabría descifrar lo que significa viajar? ¿O huir? A veces, saber oler el final es casi tan importante como poder ver el inicio.


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