5.12.2014



Ciegos.







Te atreveras a decirme que todo lo que me contabas ayer era verdad pero, por desgracia, todavía te crees que soy una ilusa y que debo de estar totalmente ciega. Tengo la ligera impresión que sigues pensado que sigo totalmente enamorada de ti, y que puede ser por eso que sigas creyendo que mi confianza es totalmente plena en ti. Todavía no te has dado cuenta que el iluso eres tu y sobre todo, el ciego. Hay una creencia generalizada que dice que el amor es ciego, y en cierta manera es cierta, pero solamente es ciego quien quiere serlo. Y yo ya no quiero serlo más. Como un largo, pausado y extremadamente bien preparado travelling comenzó a descubrir mi presente el otro lado de la calle Rosario, en donde una 'desconocida' pareja avanzaba hacía mi. Ellos iban sumamente alegres, ajenos a una calurosa realidad que solamente las tardes del verano Madrileño son capaces de generar, reían y entre generosos brazos iban demostrando un amor excesivamente palpable. Dos años después, el ciego de la once de la esquina me conto que aquella calurosa tarde, cinco minutos antes de mi descomunal grito, el aire y su olor cambiaron subitamente al paso de unas caóticas risas. Mi cabeza volteó al mismo tiempo que la pareja se escondía en la parte trasera de una gigantesca camioneta de reparto y mis ojos se posaron en la acera, cauta de mi. Había sacado el móvil para escribirte un precioso mensaje de viernes, últimas horas de trabajo y un largo fin de semana de relax y piscina. Pero ni eso me dejaste hacer, ni eso. Nada más sacar el móvil, como si de una señal se tratase, escuche tu risa en una cercana lejanía. Sabes perfectamente que tu risa es tan peculiar que es imposible no escucharla. Y nada más escucharla supe que eras tu, que eras tu el que se reía y el que, como si de tentáculos se tratase, arropaba a la semi modelo morena que te acompañaba. Obviamente ahora me arrepiento, pobre móvil, pero en su momento era lo primero que tenía a mano. Me acerque cautelosamente, obviamente vosotros no corríais porque el amor pausa los andares, y tuve mi espacio y mi tiempo para acercarme, verte, ver tu sonrisa tras su melena, enfadarme, respirar y tirarte el móvil a la cabeza, como si de una piedra anti cupidos se tratase. Debiste saber en su momento que mi buena puntería te jugaría malas pasadas, y así fue. La descomunal brecha arrojo una cascada de sangre tal que salto a los aterciopelados pómulos de tu querida, quien, cual quinceañera, entro en pánico. Siempre supe que te gustaban bien jovencitas y que yo había sido toda una excepción. Al tiempo me dijiste que casi te desmayas por el golpe, siempre supe que eras poco hombre. Ramón, el ciego, solto una carcajada, como si hubiese sentido el golpe y entendiese que era con razón y tú te giraste a tal velocidad que le tiraste el bolso a semi filipina murciana que te acompañaba. Blanco es caluroso en comparación al color de tu piel al verme. Olvidaste totalmente a tu querida y te abalanzaste a mi, en busca, o eso es lo que creí y sigo creyendo, de una excusa tan descomunal que funcionase como una maquina del tiempo y te curase mi brecha. Pero yo tengo el pulso muy fino, tu cabeza lo sabe, y el acierto de mi chapada al cruzarte la cara fue tal que entendiste, vete tu a saber como, que no era el mejor momento para mentirme inventándote historias. Yo me fui, y tu ropa también detrás de tu maleta voladora. Pase el fin de semana sola, tomando el sol y enamorándome de Toni Servillo una y otra vez en La gran belleza. Decidí que no había nada más bonito que la vida y entendí que la confianza es un código de vida demasiado valioso.



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