5.14.2014



Nostalgia lusa.







Lo miro y me doy cuenta que me siento bien, siento el fluir de los primeros rayos de sol, la calma de su ser, el sol naciendo poco a poco, que saca de un pesado y no siempre tan tranquilo sueño a una caótica ciudad. Aun y todo, noto su calma, noto su paz. Siento como refrescarse el pelo con el agua de la fuente, ver la felicidad del amanecer y la paz que proporciona un árbol de naranjas, con su preciado olor, lo son todo para él, y en ese preciso instante, también yo podría cerrar los ojos y sentir el liguero olor a naranja y el frescor de la caudalosa fuente rozando mi nuca y los primeros rayos de sol rozando mi cuerpo. No se como, pero él tiene la capacidad de transmitirme todo eso. El café acaba de terminar de hacerse y la liguera y fresca brisa mañanera asoma por la misma ventana por la cual entra el sol. Me gusta mirarle desde la ventana, lo siento pequeño y frágil pero a la vez importante, muy interesante y terriblemente sexy. No me explico porque, y seguramente nunca sabría explicarme, pero el aroma de la piel de su nuca nada más refrescarse me vuelve loca. Él probablemente no se haya dado cuenta todavía, pero lo primero que hago nada más verlo es acercarme y con la excusa de darle dos besos le huelo el cuello y ese fresco aroma me invade la vida, me transporta a mi juventud y el delicioso verano vuelve a mi. Es algo sobrenatural que una vez que pruebas ya no tiene marcha atras, como el cine o como la vida, es un pecado demasiado bonito para ser cierto. Pero lo es, lo es. Y él también, y yo también. El problema es que nosotros no somos ciertos y sé que nunca lo seremos. Y ahí, a ese lejano lugar, naranja, con un sol suave, nostalgia lusa, un liguero aroma a mar y una sutil canción brasileña nadie quiere ir a vivir para siempre. Porque es precioso y de vez en cuando nos gusta visitarlo, pero solo eso, visitarlo. Porque para siempre es casi igual que morir, o igual peor, morir en vida. Y ahí no hay amanecer ni aroma que te haga despertar ni vivir feliz.



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