5.09.2014




Verdades ficcionadas.






Empezaremos por pensar que era verdad, que es verdad, y acabaremos pensando que nada tenía que ver con la realidad. Habíamos convertido la realidad en la ficción más bonita que existe. Habíamos construido una realidad llena de planos secuencia, planos y contraplanos, sonrisas y un blanco y negro granulado maravilloso en donde la luz de nuestra alegría transformaba nuestra realidad al antojo de nuestra ficción. Fuimos felices en la ficción y fuimos capaces de sonreír minuto a minuto hasta el final de la misma. Al acabar, forzados por una inevitable realidad, nos miramos sabiendo que nada quedaba o nada podíamos hacer ya por recuperar, o por generar, puesto que todo, absolutamente todo, había quedado lapidado por la verdad que no habíamos sido capaces de ver. Y así, como en todas las verdades de la vida, como en todas las ficciones, fuimos testigos de ambos créditos, los iniciales y los finales. Al salir, al encenderse las luces y salir de aquella maravillosa oscuridad, nos dimos dos besos y nos abrazamos por última vez, sabiendo que habíamos sido testigos de la mejor y más maravillosa ficción que existe, aquella que parece verdad.


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