6.02.2014




Fénix.









Empieza a llover, y yo se que a ti no te gusta que llueva en mayo. Todavía me acuerdo de aquellas discusiones que teníamos, tu diciendo que debería de llover en abril y hasta mitad de septiembre solamente ocasionales lluvias de verano, mientras que yo te decía que la lluvia era algo que no podíamos controlar. Adoro como tú las lluvias de verano, de esas que van cargándose poco a poco durante todo el día y que, después de horas de delicioso aroma y un ligero viento caen como piedras sobre nuestros cuerpos medio desnudos, refrescando el sudor, sacando, para mi el que es, uno de los mejores aroma que existe. Empieza a llover y es inevitable que acabemos mojandonos, las gotas se acumulan en tu pelo y poco a poco rastrean tu rostro, deslizandose, como la sangre después de un buen mordisco. Cierro inevitablemente los ojos y una gran gota surca mi párpado derecho, puede que sea hora de decirte la verdad, de contarte que todo esto ha llegado a su fin, que no puedes seguir jugando conmigo. El tiempo ha caído como la lluvia de verano, gordo, pesado, oloroso y muy rápido, sin dejar tiempo a la reacción, destrozando e inundando todo. Preguntarte lo que sientes antes de enviarte a la guerra sería como darte un beso nada más clavarte un cuchillo. Imagino el puñal en tu estomago y el dulce beso en tu frente, no se si es la luz o la lluvia sobre tu rostro, pero estas cada día más guapo. Las gotas caen lentas ahora, marchitan igual que tu, baja el telón mientras que todo, incluso mi rostro, cae en la más pesada oscuridad. Me he dado cuenta que no siento nada por ti, ni por mi, ni por el cuchillo, ni por la sangre que corre por mi brazo, ni por la maravillosa lluvia de verano que hace licuar tu sangre estomacal. Tu muerte era inevitable, o eso es lo que pienso mientras, de manera figurada, imagino el asesinato más dulce cometido por el hombre. El asesinato por amor, por exceso de amor, con pasión, sin despecho, con dulzura, lento pero agil, puro. Me miras sabiendo que algo pasa y me preguntas porque sonrío mirando el infinito. No sabría decirte si sonrío porque lo tengo claro o porque he disfrutado matándote, es una mezcla demasiado acida para mi. Te acercas y te sientas a mi lado, el tronco es gordo, largo y cómodo, extrañamente cómodo, y te acercas, te acercas mucho, y ya no hay incomodidad en tus acciones. Todo parece extremadamente plano, tu presencia ha dejado de ser placentera, pero tampoco es incomoda, podría besarte una y mil veces y no sentir absolutamente nada, y no tengo razón alguna que me impida sonreírte. Es mi culpa, y lo se. Mentira, es tú culpa. Si no me hubieses engañado con lo que sentías por mi no me hubiera imaginado tu muerte ni una sola vez, pero has desatado algo que ahora ya no eres capaz de recomponer y la sangre una vez fuera es incapaz de aprender su camino de vuelta. Apoyas tu mano derecha en mi hombro, pasando tu brazo, y yo te miro, sonrío y sin previo anuncio que "...lo siento mucho, pero esto se ha terminado." Te doy un beso en la mejilla (porque los besos en los labios solo duran de inicio a ruptura), me levanto y me estiro disfrutando de las gigantescas gotas de lluvia que caen sobre mi rostro. Hay un gigantesco ave fénix surcando los cielos, liberado, que grita recién nacido el canto de la alegría al cuerpo inerte que es incapaz de sentir, incapaz de expresar, que lo que realmente siente, es que no siente. Adoro las lluvias de verano.



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