6.24.2014



Frio.






Su mirada se posaba sobre él como un infinito témpano de hielo, fria, muerta. Hacía diez minutos que había dejado de sentir, a punto de vomitar, sentía que iba desapareciendo poco a poco, se desvanecía. Era muy fácil, le decía él, solo tienes que pensar que nada de lo que te he contado ha pasado, simplemente, evita pensar que ha habido un pasado, borra todo lo que has tenido conmigo, elimíname. Su mirada se alejaba de él, evitando ver un pasado que se estrellaba, evitando ver una vida, una sonrisa pasada. Miraba al vacío buscando una solución a la vez que se le desgarraba el pecho, le sangraban los ojos y lo único que le apetecía era mirarle y, lentamente, desgarrarle. Su visceralidad no paraba de crecer, volvía a mirarle y se veía clavándole un picahielos en el estomago mientras le susurraba un 'te quiero' en el oído. Quería tocarlo, sentir el calor que tan rápidamente había helado la habitación, soltar la amarga sensación que la recorria, veneno en sangre. Apartaba rápidamente la mano cuando él intentaba tocarle, lo veía cerca pero lejos a la vez, lo sentía muy lejos, con cierta indiferencia. Lo miraba infinito, sin ser capaz de saber muy bien lo que veía, como un cuadro que nos recorre como un escalofrío. Las lagrimas le recorrían los pómulos solas, independientes, alejadas de toda alma, exentas de toda autoridad. Era un vacío frío, muy frío. Tragaba con dificultad mientras se secaba las lágrimas y sentía como crecía ese frio y metálico sabor a sangre. No es tan dificil imaginar que uno puede llegar a ser un sádico, solo tienes que mirar lloroso un futuro incierto, descompasado tras un pasado devastado, apretar bien los dientes y concentrar la ira en el picahielos que le clavas en el ojo. El calor de la sangre sobre tu rostro hace todo lo demás, al igual que el último beso, frio.

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