6.21.2014



Ice cream.







Hacía calor aquella tarde de primavera, todavía era mayo pero el sol apretaba desde hacía varios días. Se empezaban a ver las primeras faldas y los niños hacía dos semanas que desempolvaban los pantalones cortos. Había decidido volver a casa caminando, sería imperdonable perderse una preciosa tarde por el contaminado y caluroso metro. Me encantaba respirar el pulso de la gran ciudad mientras caminaba tranquilamente, sin prisa, fijándome en todas las personas, en los detalles de la ciudad, en el señor mayor que, creyéndose invisible, decide detenerse y ponerse a orinar en medio de unos arbustos. A ellos no les ve nadie. El pulso de la ciudad sí. Y nosotros, si ponemos bien el oído, también.

Me gustaría pensar que se dieron cuenta de mi presencia, es bonito sentir que los demás sienten tu presencia pero no dicen nada, porque te respetan y, en cierta manera, te quieren comprender. Paseaba tranquilamente por el Paseo del Prado, lleno de turistas y los aromas de la primavera, cuando mi mirada se posó en una pareja de mediana edad. Podría decir que eran turistas disfrutando de la tarde, del último calor del día, sentados en el banco del solitario parque, en medio del verde paseo. Él tenía su brazo en su hombro, estaban juntos, muy juntos. Ella, cercana, miraba y le sonreía de vez en cuando, era bonito ver como sonreía al ver disfrutar a su pareja. Ambos disfrutaban de un gran helado, sentados tranquilamente, mientras la última brisa del día refrescaba el caluroso día. Y era imposible no sonreir al verlos, era imposible no detenerse e inmortalizar el precioso momento. Es maravilloso compartir cosas en la vida, desde lo más importante hasta lo más sencillo, simple y delicioso, como un helado.

Me hubiese encantando poder acercarme más, poder inmortalizar su expresión de felicidad, la pasión y la tranquilidad que supone compartir un instante de complicidad, pero eso hubiese supuesto hacerme ver y romper una magia que solo los años y el amor es capaz de crear. Al irme, me giré por última vez para descubrir como él limpiaba la nariz de ella mientras ambos se reían felices. Creo que habían estado jugando a mancharse la nariz con helado.


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