6.05.2014



Las buenas mesas son de madera.








El sol se dejaba entrever a través de los pequeños árboles que coronaban el jardín. Era un jardín pequeño pero lo suficientemente grande como para poder poner una buena mesa de madera (las buenas mesas son de madera) y cuatro o cinco sillas en donde merendar y leer eternamente. Era maravilloso levantarse algo más tarde de lo normal, con la sensación de despertarse sin el uso del despertador, hacer café y preparar tranquilamente un buen tazón de fruta, cortar el pan recién hecho, poner a Miles de fondo y desayunar viendo como los pequeños pájaros se acercaban a beber agua a la pequeña fuente del jardín. Podía uno disfrutar de la frescura de la mañana, mientras el sol comenzaba a calentar y el café humeaba por el frío y cerrar los ojos agarrando la taza con ambas manos, sabiendo que había poco placeres como ese. ¿Qué quieres hacer hoy? me preguntaste nada más abrir la puerta del jardín. Giré ligeramente la cabeza para intentar verte pero solo alcance a ver tu fina silueta moviéndose de un lado a otro, siempre decías que había que regar las plantas muy rápido para que la última no tuviese envidia de la primera por haber comido primero. Llevabas mi camiseta blanca, aquella que, hacía ya treinta años, me había dejado en tu habitación y tu la habías hecho tuya. Sin darme cuenta, apoyaste tus finas manos sobre mis hombros y me mordiste la oreja, te reíste por haberlo hecho y me mojaste la cara con tus manos. Te brillaban los ojos y tu preciosa sonrisa lucía maravillosa aquella mañana. Dime, dijiste sin dejar de sonreír. Iremos a la playa, un poco de sol y mar, leer un rato y luego vamos a comer algo al puerto. Ayer cogí entradas para el cine, a las ocho, así que nos da tiempo de hacerlo todo. Siempre te gustaban mis planes. Uno de los pájaros que bebía agua en la fuente dejo de mirarnos y se posó en la mesa. Cogiste la cámara ágilmente y le empezaste a sacar fotos mientras él picoteaba las migas de pan. Daba la sensación de estar disfrutando nuestra compañía, como casi todos los animales que vivían a nuestro alrededor, daba la sensación de ser conscientes de nuestra falta e intentaban hacernos compañía de la manera más graciosa posible. Se dejaban sacar fotos, dar de comer, bañar, disfrutar la sombra de nuestros árboles, escuchar nuestras historias, ser acariciados,… recibir todo ese cariño que nosotros nunca pudimos dar y que siempre supimos y tuvimos. Para nosotros era algo normal, al fin y al cabo, los elementos constantes se vuelven cotidianos por repetición y para nosotros era ya muy normal sonreír mientras veíamos al otro disfrutar con la compañía del otro, y contener en esa sonrisa, el cariño de toda una vida.



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