9.14.2014


A medias.


Me gustaba ir con mucho tiempo, era importante no llegar tarde. Llegar puntual suponía tener que esperar. Localice la cafetería nada más llegar y tras comprobar por tercera vez la hora de salida del tren pedí un café solo con hielos y me senté a esperar. Me habían dejado ‘La fundación’, libro al que estaba perdidamente enganchada, así que me senté a devorarlo. Si un libro me gustaba tenía el impulso de terminarlo cuanto antes, quería saber todo antes de perder el interés. A veces me preguntaba porque perdía el interés sobre algo que me gustaba mucho, mi abuela decía que era porque había comprendido la vacuidad del compromiso y porque tenía una personalidad etérea. Mi abuela no dejaba de sorprenderme nunca. Ya no tienes el mismo interés por los hombres ¿verdad?, me pregunto una vez. He visto que disfrutas de la maldad más que antes, como un niño que no conoce lo ajeno y peca por falta de experiencia, me dijo otra vez. Mi abuela es magnifica.

Se estaba bien en la cafetería, me gustaban las cafeterías de las estaciones, siempre ágiles, sin clientes fijos, llenas de desconocidos, llenas de ruido y de momentos para observar. Si el libro no me atraía lo suficiente me gustaba fingir que leía para poder observar a los viajeros. Tomaban café y miraban el reloj compulsivamente o miraban a todos los lados buscando a sus familiares o amigos. Nadie se fijaba en nadie y era precisamente esa sensación de vacío y distanciamiento lo que más me gustaba. Este libro es brutal pensé y un grito sordo inundó la cafetería. El camarero se había quemado con el agua caliente de la cafetera. Pensé que sería una buena manera de torturar a alguien, con agua bien caliente. Me di cuenta que con hielo extremadamente frío se podía hacer mucho daño, pues quemaba. Sería todavía mejor puesto que se trata de una sensación totalmente desconocida y el dolor sería todavía mayor. Este tipo de cosas son a las que se refiere mi abuela.

Acababa de terminar el café cuando me di cuenta que faltaban quince minutos para que saliese mi tren. Había decidido terminar con Manu la semana pasada y necesitaba un par de días para desconectar, esta primera semana había sido muy rara. Mi madre no paraba de insistir en que me fuese un par de días con Lucia, que saliese de fiesta con ella y me olvidase de todo. Que me vendría muy bien desconectar. Yo no sentía la necesidad de desconectar, no me sentía conectada a nada, pero tampoco iba a negarme a unas vacaciones pagadas. Pagué y tras coger mi equipaje volví a mirar el anden del tren y salí a ver si estaba listo.

Hacía frío y hacía poco que acababa de dejar de llover, todo estaba húmedo, el cielo lucía gris y el mundo parecía haberse encogido por momentos. Volví a mirar el reloj y comprobé que, efectivamente, tenía cuatro llamadas perdidas de Manu, había decidido llamarme sin descanso, pensando, creo yo, que sus llamadas lo arreglarían todo. A diferencia que en la cafetería, el anden lucía totalmente solitario, cubierto por una fina capa de agua que reflejaba perfectamente la difusa luz del sol. Faltaban dos minutos para que llegase el tren cuando una señora de unos treinta y mucho años apareció con prisas en el anden, miro la hora y saco un móvil de su gran bolso. Era una señora muy atractiva, que vestía de manera juvenil y un tanto masculina, pero sin parecer un hombre ni perder feminidad. Parecía preocupada, ansiosa por la espera.

El tren llego tan puntual que parecía sincronizado con mi reloj, lo cual hizo que se me erizasen los pelos de la nuca. Abrí mi bolsa y guarde el móvil, saque mi libro y los billetes. La señora parecía mucho más tranquila, había guardado el móvil y sonreía al tren. Me quede mirándola durante unos segundos cuando las puertas del tren empezaron a abrirse y de una de ellas apareció mi abuela. Lucía tan guapa como siempre, tan arreglada y elegante, nadie acertaba nunca con su edad. Vacile un instante sin darme cuenta que no me daba tiempo a saludarla cuando, sin darme cuenta, la señora se había acercado y abrazaba alegremente a mi abuela. No tenía ni idea de porque ni de donde viajaba mi abuela, hacía un par de días que no hablaba con ella, desde que le había gritado por sus comentarios sobre mi ruptura. Mi abuela correspondía a la señora con una magnifica sonrisa cuando ambas se separaron un poco y tras mirarse con complicidad se besaron pasionalmente. Mi bolso cayo de mis manos a la misma velocidad que perdía mi tren. No entendía nada, no sabía si lo que estaba viendo era real o era el efecto del exceso de café.

Mi abuela se separó de la señora, mi vista había empezado a emborronar la imagen cuando pude distinguir que mi abuela me había reconocido y se acercaba felizmente hacía mi. Sentía los clavos que atravesaban mis pies y me clavaban al suelo, mi bolso desperdigado por el anden y los vértigos que me provocaban un mareo terrible. Mi abuela era una señora muy alta para su edad, con una preciosa dentadura y unos ojos azules increíbles. Se acerco a mi y con una gran sonrisa me abrazo.

Ahora entiendes porque me alegraba de todo ¿verdad? porque no se debe amar a medias… verdad que lo entiendes, ¿eh cariño?



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