9.13.2014






Incluso después de toda la mierda, de todas las tonterías y estupideces que habíamos cometido y que nos habíamos echado en cara, incluso después de todo eso, sabía que no sentía nada. Uno conoce el dolor porque conoce la alegría, y viceversa. Ella conocía el dolor y conocía lo que era sentirse sola, amada y querida e incluso despreciada. Su vida había recorrido un camino muy diverso, que llegado a un punto, había explotado completamente. El vacío de la habitación la agobiaba de tal manera que sentía como las paredes se movían, como ondulaciones nerviosas o el ataque de un terremoto gigante. Se acurrucaba en la más oscura esquina de su habitación, creyendo firmemente que la oscuridad le protegería de toda la luz que le permitía descubrir la dolorosa situación. El día que descubrió que no sentía nada por él lo miro tranquilamente y con una gran sonrisa lo dejo. Ese había sido el día, que sin darse cuenta, se había dado cuenta de todo. Cerraba los ojos y la presión cesaba, pero volvía muchísimo más fuerte cada vez que los abría. Se tapaba la cara con las manos y lloraba hasta quedarse dormida y era su abuela quien la encontraba acurrucada y la única con la que conseguía entenderse, quien le había escuchado sus historias y todos sus miedos. No entendía porque soñaba con atrocidades, con la sangrienta muerte de él a manos de su abuela o incluso con sus propias manos. Todo era muy frío y distante, lleno de presión que solo conseguía aliviar dejando correr la caliente sangre que brotaba de sus estómagos y que fluía dandole confort. Era como una novela de Murakami, en donde el placer por la tensión antes de que el punzón atraviese el delicado cuerpo del bebe es tal que te vuelve loco. Como una gran marea de sentimientos fríos que no se comprender y que se mezclan con un sudor frío y sabor metálico en la boca y que solamente se resuelven con violencia. Todo eran impulsos, como el hambre o el sueño o la necesidad de ir al baño o la violencia. Sabía que a esa altura de su vida solo contemplaba impulsos, había dejado de sentir.

Me acurruco llena de frío, con la mirada perdida en estas paredes que vibran, tengo las manos frías y noto un poderoso sabor a metal al final de la garganta. Se perfectamente que él no tiene la culpa, pero aun y todo yo le culpo a él, le tengo que culpar a él. Tengo que culparle pues quiero matarlo y sin una excusa no voy a ser capaz. Tengo frío y se que su cuerpo me da calor, debo acercarme a él y convencerlo. No tendré problema en engañarlo con sexo para después apuñalarlo con frialdad. El mundo es frío y yo tengo cada vez más frío. ¿Sentiré algo cuando su sangre brote y me manche la cara? ¿Disfrutaré viendo como sus ojos se expanden con la incomprensión? Espero que el frío me abandone de la misma manera que yo le abandoné a él.


No hay comentarios:

Publicar un comentario