9.02.2014






Tratabas de mirarme con distancia, con rareza, tratando de incomodarme, sin darte cuenta que ya sabía que lo hacías a propósito. Te conocía mucho más de lo que pensabas, siempre lo había hecho. La segunda semana de noviembre del primer año que compartimos clase en la universidad, sentado en la última fila, la tardía melena que cabalgo el aula pidiendo perdón a diestro y siniestro me dejo paralizado. Me gustaba muchísimo tu sonrisa, aun cuando era por nervios y te arrancabas en una medio sonrisa llena de inseguridades, para mi era lo más sencillo y bonito del mundo. Te tocabas el pelo y bajabas un poco la cabeza, te ajustabas la melena y cogías un boli o cualquier otra cosa para controlar los nervios. Existes en mi vida menos tiempo del que me hubiese gustado, pero el suficiente como saber que no eres algo pasajero. Tu tratas de incomodarme con la mirada mientras yo te miro más cómodo cada día. Siempre pensé que me mirabas de una manera especial, aunque fuese de esa manera, y eso, automáticamente, me hacía sentirme especial. Y no hay rareza ni distancia que sea capaz de quitarme eso. Como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja tirado en la mitad del patio.



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