6.05.2015





Voy a intentar empezar esta historia desde el principio, aunque ambos sabemos que los principios son siempre subjetivos y que ambos tenemos una elevada tendencia a la subjetividad. Para que ser objetivos, no sirve de nada. Todo debería empezar durante aquel caluroso verano en el que habíamos decidido que Portugal era el único sitio al que deberíamos ir, el lugar. Portugal es maravilloso. Se vive muy bien, se come mejor y su aire bohemio salado te transporta a la máxima tranquilidad y serenidad que puedas conocer. Debíamos visitar las playas de Portugal, al menos unas cuantas, coger un pequeño barco y navegar durante el día. Por las noches cenaríamos fuera y nos quedaríamos dormidos viendo el mar, las estrellas, leyendo o viendo una película. La sensación de dormir como un bebe tras un largo día junto al mar es maravillosa. Ibamos a dejar los móviles en casa y olvidarnos del tiempo para siempre, medirlo solamente por la cantidad de horas que nos pasamos leyendo. En realidad habíamos decidido no medir absolutamente nada. Habíamos decidido sonreír sin límite y para siempre, abrazarnos, cerrar los ojos y disfrutar. Habíamos decidido muchísimas cosas que debíamos hacer, habíamos planificado todo, hasta como salir por la puerta de casa y coger el ascensor. Pero tú decidiste salir por la ventana y todo lo que habíamos decidido se fue, simple y llanamente, a la mierda.

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