8.15.2015



Nadie jamas ha estado en una habitación vacía.







Es bonito, por decir algo, como, pese al tiempo, seguimos siendo capaces de jodernos la vida. Me resulta difícil decirte esto, pero es más un tira y afloja, algo creado bajo mi más profundo ser, mi pecho tras ser escarbado luce reluciente su rojiza e intensa sangre que brota a borbotones mientras tu ahondas e investigas, ¿un posible algo? quien sabe. Igual es solo algo que reside muy profundo de mi ser, por ser parte ya de mi ADN, y que surge solo en contadas ocasiones cuando rascas y rascas con la afilada uña de tu dedo indice. Será la nostalgia, me pregunté una vez, pero creo que no. Lisboa es nostalgia, pero no volvemos por eso solamente. Volvemos porque la anaranjada luz del sol a partir del mediodía nos recuerda que siempre, absolutamente siempre, hubo un tiempo mejor, pero que también, hasta ellos, vuelven. La nostalgia nos gusta. A mi me gusta. Es una esquina de nuestra vida que nos gusta acudir de vez en cuando, en donde nos arropamos y cerramos los ojos, recordamos y respiramos profundamente, intentando que, esa bocanada nos transporte a aquel mágico lugar que tanto nos gustó aquella vez. Recordar el pasado es la peor manera de avanzar, pero recordarlo muy de vez en cuando nos ayuda a poner los pies sobre la tierra y mirar nuestra vida con perspectiva. Uno no puede avanzar sin camino, y mucho menos, sin dejar uno. El otro día escuche una cita que me encanto: “Nadie jamas a estado en una habitación vacía.” Y la vida es así. Nadie jamas podrá vivir una vida sin nostalgia. No entiendo entonces que puede ser. ¿Será el rastro que, permanentemente, hay de las personas en la vida? Jodernos puede que sea mucho decir, exagerar en exceso. Como nos gusta exagerar, marcar territorios sin sentido, conquistar lo inconquistable. ¿Te acuerdas de aquel invierno en el que nevó más de lo normal? Nevó más de lo normal, y la ciudad se veía oscura y anaranjada, los suelos lucían nieve y hacía mucho frío. Decidimos entrar en un bar, un pequeñísimo bar con un gran ventanal que mostraba las anaranjadas calles. ¿Te acuerdas? Hacía tanto frío que no nos quitamos los abrigos y creo que tomamos una cerveza por tomar algo. No decíamos nada y solamente mirábamos por la ventana, a un infinito que no existía y mirándonos cuando el otro no miraba. Y de repente, así, como ocurre la magia, se puso a nevar. Y la nieve caía sobre la anaranjada ciudad y el infinito se hacía más lejano y nuestros corazones se llenaban de nostalgia. El tiempo se detuvo por momentos, la vida comenzó a ir más despacio, los copos de nieve susurraban su caída y poco a poco la ciudad se cubría de una fina capa de realidad naranja. La nostalgia es naranja. Para mi es naranja. En fin, ¿quien quiere ahondar el pasado? A mi no me interesa y a ti tampoco. A ti tampoco.




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