10.18.2016



¡Ay Perrier!




Sales y sigues caminando, es lo que hace la gente, el río tiene un cauce y al parecer estamos programados para seguirlo. Caminas y caminas, todo es raro, lo sientes, no te gusta, pero no sabes porque, sigues y sigues sin sentido, en la dirección marcada, tu GPS interno no te dice que no pero te guía, y sigues y sigues caminando. Algo raro pasa, te sientes raro, la conversación no ha funcionado y no te has sentido lo cómodo que esperabas. De primeras, la situación ha cambiado completamente y ha roto la estabilidad preparada, tu estado mental ha cambiado en milésimas de segundo y tu no eres emocionalmente tan ágil como deberías o, no al menos, como te creías. Tu primer paso se ha resquebrajado y la planicie tiene fisuras por las cuales vas a tener que caminar. Te sientas e incluso tu interlocutor parece mirarte raro, pero tu te miras dentro y ves que no es por ti, que él ve raro a su alrededor, porque su alma es así, al igual que su físico, disperso. O es lo que sientes, porque todo ha cambiado y a algo raro te tienes que agarrar. La conversación comienza y en menos de lo que esperas se acelera, no quieres nada pero cuando el camarero se acerca te ves obligado a pedir un café que no quieres, pero es café y es lo lógico, te gusta y no sueles rechazar un café, no va contigo decirle que no al señor café. Él se pide un agua con gas, y tu piensas que esas mariconadas solo las hacían en Francia, pero no, al parecer Perrier también tiene mercado español. Será entre los dispersos, que no entienden que existe agua mineral natural. Natural como el pan, como la vida misma, pero no como la situación actual. Perrier, por dios. Tu café viene corto, intenso, esta bueno, es un bar de toda la vida, de esquina, con plato combinado, camisa blanca amarilla lejía y los mejores cafés del mundo. Porque en los repartos de bondades, ellos no se llevaron la moda, ni la belleza ni nada estéticamente parecido, ellos se llevaron el café. Nadie sabe porque, pero es así. La conversación avanza deprisa, al parecer ya había cosas dichas que no llegaron a tu oído pero que si salieron de su boca. Tu aventuras a conocer y destripar mejor tu información y en el camino te vas poniendo más y más nervioso, así eres, estúpido por naturaleza. Estúpido o falto de práctica, que a veces es lo mismo, o contiene las mismas consecuencias. Todo avanza tan deprisa que cuando te quieres dar cuenta nadie sabe que más decir pero todos tenemos los vasos y las tazas llenas todavía. Una introducción convertida en cuerpo y final, sin preámbulo ni conclusión, boom! el final ha llegado. Hi! I'm here! Pero tu no estas here, estás there, nowhere! Así que sin más que decir te levantas, te vuelves a sentar y argumentas que no te habías acabado el café, te lo acabas con maestría elegancia y te vuelves a levantar. ¡Ni siquiera os dais la mano al despediros! Todo ha salido mal, piensas. Pagas, ¡lo nunca visto! y el camarero replica, "cobramos solo un, café. Un solo café." Y lo ha recalcado tantas veces que tu le reiteras, "Eso es, un café." Enfatizando 'un', como en barrio sésamo, uno es uno. Y sales, nervioso, guardando el no utilizado bolígrafo, cerrando el vacío cuaderno y buscando el móvil, mientras lo ves que te saluda por el cristal del gigantesco ventanal del bar. En una milésima de segundo sonríes y te vuelves a despedir, cualquiera diría que habéis quedado para practicar despidos, y continuas caminando con una sensación más agridulce que toda la cultura china junta. Sigues caminando, porque es lo que hace todo el mundo, y tú, sin poder pensar ni un sólo segundo, es lo que deberías hacer ahora, no pensar y caminar. Porque si piensas, vas a ver que has hecho el ridículo y que no vas a poder volver a preguntar todas las preguntas, que ahora, te vienen a la cabeza. Porque tu cabeza es así, lenta, cortocircuitada por los nervios. En fin, te dices, otra cagada más, otro momento pasado que volver a repetir hasta aprender, o así debería ser. Algo raro pasa, te sientes raro, la conversación no ha funcionado y no te has sentido lo cómodo que esperabas. Caminas y caminas, y seguirás caminando. Al menos hasta llegar a casa, donde al parecer, no hay Perrier, ni Francia, ni tus nervios, ni tus tonterías ni estupideces. ¡Ay Perrier, qué burbujas!



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