10.25.2016






Corría el año 2008, o puede que fuese 2009. Esos primeros dos años y medio de universidad fueron realmente raros, oscuros y, ahora que los veo con cierta perspectiva, muy borrosos y realmente mezclados entre si. En algún momento, entre noviembre y febrero seguramente, cuando pasábamos largas tardes en la biblioteca y mi iPod, recién comprado (iPod classic versión 4 o 5, con sus añitos encima y de segunda mano), empezaba a acumular más y más discos, nuevos o viejos (pero nuevos para mí) seleccionó esta canción al azar. Me gustaba muchísimo poner los 30 gb del iPod en aleatorio y escuchar, sin control alguno, todo lo que hubiese almacenado ahí dentro. Como si un gran cerebro musical me estuviese hablando, libre, sin control, escupiendo su verborrea musical. I don't want to be your friend, I just want to be your lover, cantaba el señor Yorke. La canción empieza con una suave melodía, unas ligeras voces y yo, enmudecido y paralizado. La canción entra y se desliza a través de mi, detengo todo lo que estoy haciendo y me quedo mirando al infinito. Una ligera lluvia cae sobre el campus, el cielo esta gris, tan gris que es casi de noche a las 16:30 de la tarde, y levantando la cabeza sobre las lamparas individuales de la biblioteca miro a la calle por el gran ventanal central. Se me eriza la piel, y joder, ¿qué canción es esta? Inevitablemente miro el iPod: House of cards, disco In Rainbows, Radiohead. No matter how it ends, No matter how it starts. Despido el aleatorio y voy directamente al disco, hace dos días que lo había metido. No es nuevo, de 2007, puede que tenga uno o dos años, pero para mi lo es, es nuevo, y me gusta, me gusta mucho. Pongo el disco entero, le doy a repeat y me recuesto ligeramente en las horribles sillas de la biblioteca. Al principio parecen cómodas, pero pasado un tiempo te das cuenta que el acolchado es como el sol en Pamplona, tan fugaz que resulta inexistente. Dios, es bueno, es bueno, muy bueno. Lo pongo desde el principio y comienza a crearse una simbiosis entre mi estado anímico y el disco, una mezcla de perfección sensorial, una identificación que va más allá de lo explicable. Así he imaginado que te transporta la música, y que así debería hacerlo siempre. A lo inexplicable. Quién quiere o necesita explicar lo que siente cuando escucha algo como Reckoner, o Nude. No hace falta, sonríes, cierras los ojos y te pliegas sobre ti. Es maravilloso. Vamos a cerrar los ojos y despedir el día, se va haciendo de noche y poco a poco llueve más y más. Una hora más tarde el cielo se partirá en dos, y en tres e incluso en cuatro, los rayos le confieren a la biblioteca el ambiente lúgubre perfecto. Nos permite sonreír y disfrutar de In Rainbows, bajo el gran techo abovedado y el cobijo que nos confiere la música. Forget about your house of cards, And I'll do mine, Fall off the table, Get swept under, Denial, denial.




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